sábado, 23 de agosto de 2014

A los 70 no volvemos



Una de las causas más importantes de que incluso quienes se oponen al gobierno estén atados a los lemas kirchneristas, no es sólamente que se comparta un mismo set de prejuicios ideológicos, sino también el miedo. Casi toda la población, y en especial la que cumple cierto rol intelectual, por pequeño que sea el lugar en el que lo ejerza, ha internalizado cierta inquisición ideológica a la que la izquierda argentina se ha plegado casi por entero, salvo honrosas excepciones, incluso sin desearlo, todo para no caer en el "campo discursivo del enemigo" o para no ser acusado de ello. Recién ahora la propia izquierda reconoce el problema, y hasta el oficialismo lo admite.
(Recordemos que es la izquierda la que provee la materia prima de la producción simbólica de todos los demás, puesto que es la que ha ocupado los ministerios de educación desde 1983 a la fecha, con el visto bueno de organismos internacionales que otrora hacían poco por ocultar su afiliación geopolítica).

La estigmatización del fantasma liberal se hace, por ejemplo, en base a la corrupción de los 90s o el autoritarismo militar de los 70s, y eso no sólo es falaz: es falso (basta echar un ojo sin prejuicios al exitoso caso chileno, con todo lo que se le pueda criticar). Todavía más que falso: es hipócrita, viniendo de una izquierda "ex"-leninista que nunca llegó a su objetivo sin la dictadura de una vanguardia de partido único. Los que todavía intentan realmente retomar el camino al totalitarismo, van por otra vía hacia el mismo paraíso castrista: la vía chavista, y los que no lo hacen pero juegan a ello –los Kirchner en Argentina, los Ortega en Nicaragua, etc.– transforman al Estado en un espacio para el oportunismo de sus cuadros políticos, infinitamente más corrupto e impune que el de todas las décadas anteriores. 

En esta retórica, el antigolpismo o el antinoventismo cumple para el populismo del nacionalismo de izquierda argentino, el mismo papel que el antifascismo para el estalinismo de los partidos comunistas europeos: crear un sistema selectivo de censura previa (y autocensura) que luego pueda ser usado a discreción mediante el recurso de incluir a otros grupos en la nómina de los censurables. O sea, precisamente lo que esa misma izquierda acusaba de hacer al anticomunismo macartista, y por lo cual se estigmatizó a todo anticomunismo. Nadie dice: "primero vinieron por los milicos, pero como yo no era milico, no me preocupe; luego vinieron por los liberales, pero como yo no era liberal no me preocupé; finalmente vinieron por mí". 

No es difícil entender por qué casi nadie hace o hizo jamás esto por el lado de la izquierda. En parte por identificación: "el enemigo de mi enemigo debe ser en algo mi amigo". En parte porque la posición de esa misma izquierda frente a su particular extremo político sí fue el de considerar aceptable meter en cana a todos los que no desearan militar en él, o al menos a sus opositores de derecha (en la derecha también hubo dobles estándares, pero la izquierda debe hacer una escuela de los mismos ya que no tiene en su haber ni un solo socialismo –y su extremo se encuentra allí– que no haya sido autoritario). Y en parte... por miedo, a no ser asociado con los estigmatizados, a sabiendas de que los acusadores políticamente correctos estarían mintiendo. Lo que predomina es el realismo silencioso: la izquierda es la que realmente hegemoniza el universo simbólico, y los propios izquierdistas ya están acostumbrados al esquizofrénico doblepensar por el cual tan cómodamente “desafían” a pensamientos únicos imaginarios mientras que acaparan casi completamente el espacio de la comunicación escrita, radial y televisiva en cuanto al marco ideológico se refiere. 

Por todo esto, creo que el considerar que "todos" debemos coincidir en estar, por principio y hasta en pie de guerra, contra cualquier cosa que esté a la derecha de cierta línea, es lo que lleva a la legitimación de la violación de la libertad de expresión ("¿por qué dar libertad de expresión a quienes mienten y pueden engañar a los demás, si todos –todos nosotros– sabemos que mienten?"). Son muy pocos los que se animan a defender ciertas cosas, y no por culpa, insisto: por miedo ("Yo soy liberal, pero los 90s no liberalizaron nada", etc.). Y esto se aplica tanto a emisores y receptores: todos caen en la trampa. Precisamente por eso ahora con la misma retórica se termina justificando que debemos estar a favor de algo supuestamente mejor, como el kirchnerismo (para mí peor en casi todo sentido), y que el pueblo debe ser protegido de escuchar ciertas cosas que puedan decirle sus "enemigos internos": sus empresarios (si exigen que el Estado proteja para ellos los mismos derechos de propiedad que para el resto), sus consultoras privadas (si revelan los verdaderos niveles de inflación), sus inmobiliarias (si denuncian que el mercado inmobiliario está en crisis). En suma, sus propios integrantes, si se comportan como miembros independientes de una sociedad civil y/o se benefician sin recursos del gobierno. Esa parte de la vida ciudadana nunca estuvo contemplada en el manual populista, sino sólo el votante-soldado que entrega su país a un movimiento sin quejas ni retractaciones, y el votante-perdedor que no puede reclamar frenos constitucionales al poder sin convertirse en enemigo de la democracia. Toda vida política que tenga contacto con la vida civil se ha condenado como corporativa en vez de ser reconocida como institucionalizable en el sistema de partidos en un proyecto general, sea propio o ajeno. El reverso de la moneda de este esquema es que la menor evidencia de una pérdida crítica de la masa electoral implica un descenso proporcional de la legitimación de sus políticas, llegando a cero en caso de perderse las elecciones presidenciales. La actual crisis nos está llevando directamente a esa instancia.

¿Por qué tanta fobia a Cavallo? ¿Por qué se lo quiere censurar? Porque puede convencer, y si puede convencer es porque el modelo imperante está cayendo en el descrédito. Y esta vez el deterioro en la popularidad no tiene causas exógenas, no se puede achacar a una campaña de desprestigio: es endógeno y proviene de las contradicciones internas del relato histórico-ideológico del kirchnerismo, que ya incluso en sus propios términos se ha vuelto contradictorio. Tanto es así que ni siquiera puede reconocer abiertamente que está cayendo en las encuentras, puesto que las razones de su legitimación se basaron en última instancia en esta suerte de sacralización del consenso. La negación oficial de la realidad se mantiene aun al precio de hacer más evidente la pérdida del electorado. Si Cavallo ahora puede intentar subirse a la ola de un giro hacia la derecha (o, mejor dicho: este volantazo hacia la derecha para volver al centro), es porque ese giro ya existe y viene de abajo. Por eso no le cuesta mucho vender libros: basta con que diga la verdad. 
El punto no es si su administración fue buena o mala, en tal o cual cosa, ni si la Fundación Mediterránea es realmente liberal por principio, o veleidosa y por coyuntura, o un antro de tecnócratas. El punto es que lo que el Mingo denuncia del kirchnerismo no deja de ser cierto así éste oliera a azufre, con lo cual si puede convencer a alguien es porque ese alguien ya está empezando a considerar que está en un lugar peor que en el supuesto infierno de los 90s. La fuerza de sus palabras radica en que la mentira ya no se puede sostener sobre el colchón de capital pinchado de una economía subsidiada por las exportaciones del campo. En Argentina aquellos voceros pro-mercado que no pueden esconder su identidad son los únicos que no temen perder nada al decir la verdad: que el clima de idealismo estatista argentino es una isla en el océano internacional, que la cultura totalitaria en política no es compatible con una democracia plural multipartidaria, y que los únicos compañeros de ruta que tenemos en el mundo –y me refiero a los realmente coherentes con su discurso– son Cuba y Venezuela. 

Si la izquierda no se hubiera embarrado en el lodo de la deshonestidad intelectual, historiográfica y política, en esa victoria pírrica que les ofreció a los perdedores de la guerra civil de los 70s, ahora podría hacer como Meijide: denunciar las mentiras que los terroristas más sus apologetas escribieron sobre los “30000” y quedar inmune al futuro destape de los contenedores de basura ideológica del kirchnerismo. Podría correr por izquierda al gobierno, criticando que, incluso dentro lo que le queda de capitalista a la Argentina, la administración K ha sacado lo peor de su burguesía nacional ahora en retirada. Y todo eso podría hacerlo sin caer en la defensa de una Habana en ruinas o de una Caracas incendiada. Pero no lo hace, y sigue militante. El problema es que ya es tarde para vivir de campañas de desinformación contra las derechas argentinas: el único hogar para eso siempre fue Clarín, y decidieron tomar el poder sin él. Si el FPV se va, 678 ya no tendrá subsidios. Muchos progres se burlan de la poca izquierda honesta que queda, e intentan ensuciarla porque, por ejemplo, va al programa de Grondona a hablar. La cuestión es que, paradójicamente, sólo esa izquierda va a sobrevivir, mientras que la que sigue en pie de guerra junto con la “lucha de sus padres” es la que realmente será funcional a sus enemigos. Y lo saben, pero no les importa: prefieren hundirse con el barco antes que dejar de ser ratas.

Mientras tanto Magnetto juega a darle un poquito de aire a los más tímidos voceros de la desregulación y la apertura económica. Y éstos, contentos, después de tanta soledad, y tanto desempleo (sólo se vive una vez), no van a devolver un reproche. Cuando pase la marea inflacionaria –o Dios no quiera, la híperinflacionaria– de los amantes facheros de Cristina, el gran diario argentino estará allí, junto con los necios Lanatas atados a su corazón asistencialista, para intentar rehabilitar la mentira oficial, que es más importante y más grande, mucho más grande que un gobierno: es la base de la legitimación de una presión social para que el estatismo quede en sus manos y así el engordado ganado capitalista pueda ir hacia donde ellos quieran. Cuanto más se resistan los Esteches y los D’Elías a no perder su patria de empresas estatales, más ayudarán a los Cavallos y López Murphys en su lucha contra las UIAs y los neodesarrollistas que quieren recuperar el poder. Cada huevazo de Quebracho es un clavo en el ataúd del comunismo de guerra, pero también un problema para los que, retractándose, quieren mantener al partido único en el poder (y con poder). Al fin y al cabo, el mundo hace rato se ha vuelto una NEP gigantesca, débil, arriesgada, que se disputa los commanding heights con sus competidores liberales, sus Reagans, sus Aznares, sus Menems y Cavallos, y con los cuervos estalinistas que crió, sus Ortegas, sus Chávez, sus Kirchners y Kicillofes. 

La promesa incumplible de la “década ganada en Argentina” no puede frustrarse sin violencia, sin una guerra perdida e imaginaria contra “complots aristocráticos”, “conspiraciones fascistas”, “agentes de la CIA” y “fondos buitre”, que no son otra cosa que las eternas malas excusas de la retórica jacobina para perseguir a los propios sublevados, a los que no les interesa un poder absoluto: los Massas, los Sciolis; juvenilia transgresora, sí, pero de padres de familia. Se llevan puesto el culto a la personalidad de los teens camporistas, la militancia ideológica de fan club, la alegría bovina que es la burla de la cultura villera, nenes de clase media y acomodados en cargos públicos, padres contentos con la sustitución de importaciones, que les pagan a sus hijos tours guiados por dictaduras castristas mientras ponen alarmas en sus casas para protegerse de la paz social. 
Muerto el padrecito de los pueblos latinoamericanos, cae el estalinismo pop de Cristina, y ocupan su lugar los burócratas cool, que saben lo que los votantes más pobres quieren escuchar: que los subsidios le sirvan para algo más que una prueba ideológica de que los ex montoneros y hoy progresistas de Puerto Madero piensan en ellos. No todos quieren una inclusión en la marginalidad, aunque más no sea porque no todos pueden pagar el derecho de piso en un sitio donde lo jugoso se dirime fierro en mano. 
De todo esto, Quebracho y el Mingo son el decorado retro, como el de esas malas publicidades que a la "gente" argentina le gusta ver para creer que son un "pueblo".