miércoles, 4 de septiembre de 2013

El relato neopopulista sobre la izquierda y la derecha: un pueblo redistribucionista versus un empresariado patrimonialista



Las siguientes reflexiones son parte de un comentario que hice a un artículo de Agustín Laje titulado "En torno a la derecha y la izquierda (respuesta a Gargarella)" y que, convertido a su vez en artículo, espero pueda servir de complemento a aquel. En tal sentido este artículo que ahora escribo puede considerarse una segunda respuesta a Roberto Gargarella. 

Coincido con Laje en que la definición de la izquierda y la derecha por parte de Gargarella es tramposa (a un extremo tan evidente que se torna bizarro), pero sin embargo creo que no lo es sólo por su simpleza o porque su carácter sea más persuasivo que operativo. No es que niegue que así sea, pero cabe reflexionar por qué una definición más persuasiva que operativa es, en la retórica ideológica y a los efectos de persuadir, realmente operativa. Esto es lo importante. Su fuerza reside, a mi juicio, en el hecho de que encierra dos trampas en una, y creo que esto es lo que se pasa por alto (y por lo cual se pasa por alto). Voy a comentar por separado las dos cuestiones tratadas por este autor en el breve párrafo citado, y creo que no será luego difícil probar el carácter falaz de dicho tratamiento. Cabe aclarar que Gargarella no inventó la pólvora: simplemente la usa en forma tosca y sin intentar camuflarla. Y eso ayuda mucho para que sea vea de qué está hecha. Veamos nuevamente la definición que Laje cita de Gargarella en su artículo:
Una medida es ‘de izquierda’ cuando contribuye a la democracia económica (aumentar la participación de los obreros en las ganancias de las empresas); cuando sirve a la democracia política (más participación y control del pueblo en los asuntos públicos); o cuando ayuda al fortalecimiento de derechos humanos básicos (terminar con la tortura en las cárceles). Diré entonces que una medida es ‘de derecha’ cuando ella se orienta hacia fines contrarios a los citados (favorece a una minoría económicamente poderosa; ayuda a concentrar el poder político; violenta derechos humanos básicos).
Primera observación: si por definición de izquierda vamos a tomar el igualitarismo conseguido por vías democráticas (presuponiendo que el pueblo prefiere eso a una más justa o a una más eficiente distribución de los recursos de acuerdo a criterios menos arbitrarios que la mera igualdad), entonces no habría –como bien dice Agustín– izquierda alguna en los regímenes socialistas conocidos, y el gran conflicto ideológico entre dos sistemas socioeconómicos que dividió el siglo XX sería la guerra entre una derecha liberal-capitalista y una derecha estatal-socialista.

Fijémonos que con esta definición igualitarista tampoco se resuelve el problema del bienestar popular: una empresa que produce menos y gana menos, a un mismo nivel de salarios necesariamente aumenta la tasa de participación de los obreros en los ingresos de la misma, o sea: una situación donde el obrero fuera más pobre podría llegar a ser de izquierda y "buena" (y eso sólo porque perjudicaría a una minoría y la haría económicamente menos "poderosa"). El igualitarismo maoísta de la Camboya de Pol Pot sería derechista y "malo", porque violaría en masa derechos humanos básicos, pero de “izquierda” porque aumentaría la participación del trabajador camboyano en el PBI (análogamente Chomsky llamaba a dicho régimen un "fascismo de arrozal" incluso en ausencia de cualquier forma de capitalismo, cosa que quiebra el sentido de la retórica izquierdista sobre el fascismo). Como puede notarse, la propia definición de Gargarella puede entrar en contradicción consigo misma con mucha facilidad. La tutelada "democracia" iraní no lo sería menos si por elecciones libres el pueblo decidiera democratizar la tortura contra estudiantes disidentes o los castigos físicos contra mujeres infieles, participando en las mismas, o bien haciendo más crueles sus métodos.

La segunda observación, la más importante que hay que hacer respecto a la definición gargarelliana, es la de la cuestión de la “democracia económica”, estribillo cuya refutación lograba irritar hasta a Mises.
Hablar de "democracia política" y de "democracia económica" es una trampa semántica. Democratizar algo es ya transformarlo en un asunto público y político, es gobernarlo, como aclara intuitivamente José Benegas en uno de sus artículos. Un liberal no tendría mayor problema en aceptar que lo que ya es estatal (o, mejor dicho, que lo que debe ser político-estatal por razones éticas o prácticas) sea administrado mejor democráticamente que autocráticamente.*

Ahora bien, cosa distinta a la política es la economía, en caso de que la misma no se encuentre “gobernada” (y si lo estuviera ya no sería propiamente economía). Si alguien crea una empresa que crece, vía actividad empresarial por su utilidad, y obtiene un capital mayor y un número mayor de asalariados, dicha empresa de un tamaño mayor que el de su propietario no es prueba de que sea fruto del esfuerzo no retribuido de un número mayor de personas. La empresa no es resultado de una “autocracia” que por medios políticos se apropió de los trabajadores o de su trabajo y así armó su capital. Sencillamente no hay “cracia” de ningún tipo que sea la que determinó su existencia, y la administración interna (gestión patronal incluida) es posterior a la creación de la empresa y limitada a la misma. Una empresa capitalista no se crea a posteriori de un secuestro, ni convierte en rehenes a quienes allí van a trabajar.
Si entendemos “democracia” por su verdadero significado político, y queremos “democratizar” una empresa, lo que habría que hacer es estatizar la empresa (incluso a costa de sus trabajadores) y asegurarse de que el pueblo por entero pueda administrarla a pesar del restrictivo embudo de información que significa para la representación del pueblo un gobierno de un presidente y unas decenas de legisladores, en un país de millones de habitantes que envían sus decisiones a través de un papelito cada cuatro años. 

Ahora bien, incluso si en el ámbito empresarial entendemos por “pueblo” a sus trabajadores, de cualquier manera la “democratización” no deja de ser coercitiva: muchos se apropian, en un acto de fuerza, de algo que hicieron pocos. Y además, esos muchos no mantienen la posesión como un derecho de propiedad que pueden administrar libremente, sino que lo que hacen es una doble expropiación, ya que antes de que la administre el conjunto obrero, han transformado dicha propiedad de privada a colectiva. O sea, los obreros no hicieron un acto de fuerza único para convertirse ellos mismos en accionistas o copropietarios, sino que mantienen una gestión basada en la fuerza que obliga a las partes a someter la empresa a un comité, e incluso someterse ellos mismos a éste (sea este comité el que dispone del cuasi monopolio sindical de la violencia para asegurar su control de la misma, o sea el Estado el que la legitime). Transformado algo en colectivo es así ¿en qué quedó la igualdad de derechos humanos básicos de propiedad entre el creador de la firma y sus expropiadores, y entre los obreros mismos para el control de su parte en la propiedad? 

Una igualdad en la posesión del capital conseguida por medios no patrimoniales sino democráticos (o autocráticos, o cualesquiera sean los detentadores últimos del poder para agregarle al sufijo “cracia”) es una igualdad conseguida a base de una imposición política. O sea: dicha “economía”, antes de haber pasado al “demos” se ha convertido en un asunto político por la fuerza. Y es dicho malabar de ilusionista ideológico el que no nos deja ver que en el concepto de “democracia económica” se ha infiltrado ya la política; que lo que en realidad se está diciendo es: “democracia política sobre la economía”, y sobre una economía que ni siquiera es algo que en forma pública y/o colectiva ha realizado el pueblo en un gran cooperativa voluntaria a escala nacional, sino una suma de agregados individuales a título personal, con sus propiedades privadas y a propio riesgo dentro de un mercado. Mi propiedad, si no viola la ajena, no compete a nadie más que a mí. Es un asunto privado, y no público. Ponerla por la fuerza en una esfera pública, o directamente someterla a la esfera pública de la fuerza (el Estado), implica violentar al propietario y dislocar la propiedad de su origen, esto es, que nadie habría creado dicha propiedad en su forma específica si hubiera sabido que dejaría de serlo.

Si tomamos en serio esta propuesta populista de politización de la sociedad civil, entonces, en una sociedad culturalmente conservadora, se podría favorecer una “democracia social” y, volviendo a un ejemplo anterior similar, participar en forma popular en las elecciones sexuales, dando al pueblo control sobre la administración de las camas de sus habitantes, y prohibiendo así que los homosexuales tuvieran derechos iguales a la elección de sus parejas. No creo que a los progresistas les guste mucho la idea de democratizar estos asuntos. En Suecia u Holanda tal vez sí, pero no en Irán o en Egipto. Me corrijo: en rigor, en casi ningún caso preferirían esta idea: preferirían que fuera un asunto personal y no sujeto a ninguna “democratización” (no suelen incluir entre las personas a los bebés antes de nacer, pero ése es otro tema). Ahora bien, a no confundirse: un liberal podría admitir, y con orgullo, ser de “derecha” (en los términos gargarellianos) al impedir que tres personas le roben a una más rica, y ser de “izquierda” (en los mismos términos) al impedir que una de estas se haga más rica robándole al resto. Nada tiene de “malo” ni de “perverso” el rechazo a la democracia en cuestiones que de suyo no son gobernables porque no son públicas, y que no son públicas porque quienes participan en las mismas no han elegido que así fueran al crearlas.
En una entrevista a Nicolás Márquez una periodista le preguntó a éste algo respecto a que el pueblo poseyera o no bienes a través del Estado, y éste le contestó algo cierto: que las empresas estatales no pueden llegar a ser nunca del pueblo. Pero creo que eso no llega a la raíz del problema, al núcleo filosófico-político que da fuerza a la izquierda en estos menesteres: el problema de las empresas estatales no es que no puedan ser populares; el problema es que son estatales. Y este problema lo sigue siendo incluso si son populares. O, mejor dicho, se agrava todavía más si son populares.
Una empresa estatal, precisamente porque depende de un organismo sostenido sobre el ejercicio de la violencia, no depende de sus consumidores, sino de contribuyentes forzosos; forzosos incluso aunque democráticamente hubieran elegido serlo, e incluso cuando dicha elección hubiera sido unánime. Por eso es un Estado y no un club o cualquier otro tipo de asociación colectiva. Lo que una empresa estatal obtiene, lo obtiene violentando a los miembros de la sociedad en la que opera, sea con o sin el apoyo de los violentados. Que así sea es parte misma de la definición de lo público-estatal, y podría sentar en la misma mesa a Weber y Lenin que, al menos en eso, estarían de acuerdo.

Volviendo a la posición liberal respecto a lo que es “popular”, repito, no hay que confundirse. Cuando, por ejemplo, Tocqueville mostraba características positivas en la “democratización” del bienestar, se refería más bien a la igualación en un ámbito social, y no a la misma conseguida por medios políticos (democráticos o no). Por ejemplo, Estados Unidos fue, en sus orígenes, una suerte de gran “clase media agraria” de familias granjeras, en la que la riqueza estaba “democratizada”, pero no porque por vías políticas un pueblo se hubiera apoderado de las mismas, sino porque la población general tenía una mayor participación estadística en los ingresos; ingresos que por vías privadas esta misma había creado e intercambiado dentro de una sociedad mercantil, cuya división técnica del trabajo todavía no se encontraba centralizada por la industrialización. Esta igualdad era, en un ámbito en concreto, un resultado de la propiedad, y no de la violación de la misma; de la ausencia de democratización política de la sociedad y de presencia de una “democratización” civil muy diferente. Era económicamente “democrática” en un sentido casi metafórico, ya que esta “democraticidad” entendida como mayor igualdad de rentas no tenía ninguna relación con una participación popular en la política con intenciones presupuestas de crear políticas de redistribución, sino que dependía de la “derechista” protección de los derechos de propiedad privada, por entonces incondicionalmente más popular que cualquier “welfare state”.**

En resumen, volviendo pues al comienzo, y cerrando el tema: si “izquierda” es participación popular y/o igualdad sobre cualquier cuestión y por cualquier vía, sin duda con orgullo y sin culpa un liberal puede afirmar ser de “derecha” y estar en contra de dicha democratización y/o igualación, y hacerlo, paradójicamente, en nombre de la igualdad de derechos básicos (noción burguesa si las hay) que el propio Gargarella considera, muy equivocadamente, es monopolio de los socialistas y, no tan equivocadamente, una forma de “izquierda”.

Tal vez el quid de la cuestión sea que, en realidad, el liberalismo no es de derecha, y que las diferentes derechas, las que lo son por principio, están hace mucho ausentes en el diálogo político. Si no fuera así, tal vez, las cosas serían bastante más claras.

  

(*) Si un conjunto humano ya se encuentra gobernado en forma indistinta, y si el aporte a lo gobernado y a la ejecución del gobierno no es obra de particulares sino un de un conjunto abstracto (público) y no de unos pocos sino de todos (democrático), como sucede con las burocracias estatales modernas, entonces es ya una cosa pública y popular, y por ende alguien de derecha con criterios jerárquicos y/o no-igualitaristas podría sin mayores reproches apoyar la democratización de dicho aparato político que, siendo obra y problema de todos, en el acto gobernando por igual a todos y dependiendo del aporte de todos, entonces esté en manos de todos. Por supuesto, una derecha más “pura” y no-liberal –y no me refiero al caso particular de los liberales libertarios– podría argumentar que ni siquiera desea que exista, a escala nacional, tal cosa como una res pública o una individualización mercantil de la sociedad que es su corolario, pero esa es una cuestión que se escapa de este debate: un liberal o un conservador moderado podría afirmar que, siguiendo los criterios de justicia conmutativa aceptados actualmente, la protección “derechista” de la propiedad no tiene nada que objetar al control popular de la política, antes al contrario, no hacerlo sería impropio e inadecuado; ésta afirmaría que, sea justo o no que tal o cual espacio sea público e involucre a todos, si no se puede evitar que lo sea, es preferible que esté en manos de los mismos involucrados.

(**) La cultura “democrática” como legitimación, que era el verdadero tema de interés –y causa de temor– para el noble Alexis, es un problema más complicado de tratar y que no viene al caso hacerlo aquí. Baste decir que esa “igualación democrática”, con la mutación metafísica (Houellebecq dixit) que implicaba en la visión del mundo, se concretiza en las sociedades de mercado en una forma igualitaria de apropiación contractual para todos (no de igualdad de contenido en lo logrado en el intercambio), y, en este sentido, la igualdad “burguesa” o “liberal” es de izquierda en el origen y no en las consecuencias, mientras que en las sociedades planificadas los criterios “meritocráticos” (e incluso los “tecnocráticos”) se encuentran personalizados, y privan desigual y arbitrariamente de la propiedad (de la estabilidad en la posesión que implica) a quienes en ella viven, con lo cual dichas sociedades son desiguales en el trato a individuos considerados a su vez desiguales con independencia de su contribución a la sociedad, y en este sentido, y sólo en este sentido, los socialistas suelen ser con sus súbditos más derechistas de lo que ellos imaginan (Sartori llama la atención sobre esta curiosa paradoja), claro que en una forma artificial, impidiéndoles relacionarse económicamente por fuera del Estado (ya que estos sujetos atomizados siguen siendo peligrosos actores económicos individuales si pueden regenerar un mercado), puesto que sus fines son a su vez izquierdistas.



viernes, 17 de mayo de 2013

martes, 30 de abril de 2013

Populismo K a prueba de tontos

(Este post lo publiqué en el blog Argenlibre y se perdió junto con el resto de los artículos cuando fue censurado. Por ende, todas las referencias temporales se encuentran atrasadas.) 


Insomne, hoy esbocé algunas respuestas a las "mejores" reflexiones finales del Manual del militante pasivo K que mostró Lanata ayer. Las demás referencias se refutan tan fácilmente solitas que supongo –¡espero!– no sea necesario aclararle el por qué a nadie. Sobre el resto del texto entero, en fin: es una suma de idioteces dichas sin pudor, y algunas cosas son reiteraciones deformadas de viejas falacias socialistas del tipo: "no podemos esperar que todos tengan automóviles en forma privada, bajando su acceso progresivamente de las élites a las masas, así que hay que proveer de bicicletas populares igualitariamente hasta llegar a los autos", etc. ¡Que otro pierda su tiempo! Concentrémonos en lo poco que queda.

Veamos:

5) Si todo lo hacen para coimear, ¿por qué no trabajan para las corporaciones y los ricos? ¿O las corporaciones en Argentina son cuáqueros que rechazan coimear?

Antes de pagar una coima hay que tener dinero, y para hacerlo hay que producir. Las corporaciones[1] no se hacen ricas por pagar coimas, mientras que los gobernantes sí se hacen ricos por recibirlas.
Sólo los políticos gestionan el verdadero poder y cobran peajes para hacer excepciones a quienes pueden pagarlos. Por eso cuando los gobernantes disponen de la suma de todo el poder gracias al estatismo, tienen más posibilidades de hacerse ricos directamente mediante la exacción impositiva arbitraria y/o su uso discrecional, y no tienen que "rebajarse" haciendo favores a gente que tiene menos poder (mafias) o ningún poder (empresarios) pero que tienen más recursos a su alcance. En pocas palabras: el populismo posibilita que cada fracción del Estado use el poder de este colectivamente para obtener ingresos fiscales fuera del control de quienes los pagan (de cuya voluntad obviamente no dependen: a diferencia de lo que sucede con las corporaciones, los contribuyentes no son consumidores libres, si acaso tienen la suerte de consumir lo que pagan). La dinámica genera una clase política de funcionarios que pueden enriquecerse de sus propias arcas.
Por eso las preguntas deben invertirse: si enriquecerse sólo pueden hacerlo las corporaciones ¿por qué no trabajan los kirchneristas para ellos? ¿Acaso los actuales gobernantes son cuáqueros que rechazan ser coimeados?

7) ¿Por qué la realidad del mercado mediático sólo generaba productos que rechazaban la visión política de un gobierno mayoritario? ¿No debería ser natural que gran parte de los medios represente esta mirada en tanto representa a la gente que la vota? ¿O acaso una mano invisible fuerza la falta de representación y la sobrerrepresentación de la oposición?

Otra vez, sólo hay que invertir las preguntas:
¿Por qué la visión de un gobierno mediático sólo genera productos que rechazan la realidad política reflejada en un mercado que depende de la mayoría? ¿No debería ser natural que este gobierno votado representara la mirada de gran parte de los medios en tanto estos representan a la gente que los elige? ¿O acaso la planificación estatal sobrerrepresenta la adhesión y fuerza a que la oposición falte en la representación?
La supuesta hegemonía mediática depende de la libertad de elección. Y, por primera vez, los electores se están equivocando menos al elegir las razones por las cuales hacen hegemónicos a los medios. Esperemos que sigan aprendiendo la lección de haber elegido tan mal en otras épocas: de haber escuchado lo que querían escuchar; de no haber pensado en el precio de hacer vivir a otros lo que no iban a querer vivir ellos, o sea, esto. Esperemos que se saquen el chip socialista de la cabeza de una buena vez. Porque, al fin y al cabo, la idea (propia de un proyecto de sociedad cerrada) de que las ideas expresadas en el total de los medios de comunicación deben porcentualmente reflejar las ideas en la población que es su público, presupone sujetos igualmente cerradas que, con independencia de la calidad del periodismo, quieren encontrar en la comunicación de masas una repetidora de sus opiniones presentes. Y no sólo eso: como si fuera poco, esta idea contradice el supuesto espíritu de la "Ley de medios", según el cual se intenta dar mayor espacio a medios que no tienen el público suficiente porque no serían conocidos, o sea: que el público pueda así descubrir medios que piensan distinto al pueblo y escucharlos a pesar de esto.[2]

8) Las dictaduras pegan, someten, silencian, matan. Si los K desean (pero no consiguen) pegar, someter, silenciar, matar, habrá que acusarlos de incompetentes, no de dictadores. ¿Cómo puede ser que, con tanto poder y tanta Kaja, no logran concretar estos objetivos?

La respuesta a una pregunta estúpida es la obviedad: ¡precisamente porque tienen tanto poder y tanta Kaja es que no necesitan pegar, someter, silenciar y matar! Cuando la Kaja se agota, ahí se somete; si no se adhiere al sometimiento entonces se silencia; si el silencio se quiebra entonces se pega; si no basta pegar entonces se mata.
Nosotros idolatramos a Venezuela, Venezuela idolatra a Cuba, Cuba idolatra a Corea del Norte. Nos decimos democráticos porque (supuestamente) no pegamos, (supuestamente) no sometemos, (todavía) no silenciamos, (todavía) no matamos. Y, sin embargo, idolatramos a los que dicen que la democracia consiste en el poder de pegar, someter, silenciar y matar a los que no serían parte del pueblo. Pero no los llamamos dictadores. Los llamamos revolucionarios (y dicho sea de paso, lo son, precisamente porque reorganizan dictatorialmente la sociedad).[3] A los únicos que llamamos dictadores, en cambio, es a los honestos; a los que por eso mismo no pueden justificar pegar, someter, silenciar y matar tanto y a tantos.





[1] Recuérdese que en el ámbito mercantil, y específicamente en Argentina, la palabra "corporación", que tan siniestra suena, no se refiere a otra cosa que lo que comúnmente se conoce como "sociedad anónima" (en contraposición a "sociedades de responsabilidad limitada", "sociedades cooperativas", etc.). Página/12 es una corporación, por ejemplo. Estas "corporations" de negocios, suelen ser conceptualmente confundidas con las corporaciones medievales, que son agrupaciones de gremios dispares o con intereses contrapuestos creadas para lograr aunarse por un interés común, política que sólo en referencia a un orden social basado en las mismas puede correctamente describirse con el uso de la palabra "corporativismo", idea que el fascismo intentó recrear mediante el Estado; que Perón repitió a medias calcándolo del modelo nazi, y que el propio kirchnerismo elogió como forma sindicalizada de conciliación de clases.
En todas las organizaciones, así como dentro de las mismas, se pueden dar situaciones de mutua protección dentro de un mismo cuerpo, que podría denominarse "corporativa". Ahora bien, si la lucha es contra ese corporativismo, entonces es una vil mentira: toda la política nacional del gobierno kirchnerista es declaradamente corporativa, incluso cuando de hecho este corporativismo no se establece como una política de Estado de igual acceso, y resulta en acuerdos mutuos de grupos de interés contra otros, lo cual deviene en conflicto. Por otra parte, si cuando hablamos de corporativismo nos referimos confusamente a las "sociedades anónimas", a las "corporations" como son referidas en el mundo angloparlante, entonces significa que la política kirchnerista contra las corporaciones es una política contra todas las sociedades por acciones, o sea, contra prácticamente más de la mitad de las empresas privadas de este país. En menos palabras, si este gobierno es fiel a su izquierdismo, y se declara enemigo de las corporaciones en el sentido usado en el pésimo documental propagandístico socialista The Corporation, entonces gobierno es enemigo de casi todas las instituciones económicas de su propio país. De hecho, y a mi parecer, lo es, pero entonces aclaremos los tantos a todos, a los votantes y a los futuros inversores. 
¡Y que no me venga un marxista con la falacia de que un Estado por adoptar un sistema de derecho y posibilitar la existencia de propiedad privada, está por eso al servicio de la misma, de quienes la utilizan o de ese mismo sistema! Salvo, claro, que tramposamente se entienda aceptar la existencia de algo como jugar a favor de la misma. Reducir al absurdo esta falacia nos sirve para demostrar lo contrario: ni el capitalismo de la NEP tenía como fin salvar al capitalismo (sino al socialismo), ni posibilitar la existencia de alquileres implica que la ley juegue desigualmente en favor de los propietarios y no de los inquilinos (lo que sería tan tonto como afirmar lo contrario: que permitir el derecho al uso de una propiedad ajena, o sea, el derecho a la existencia de un inquilino, implica favorecer a los inquilinos y permitir las ocupaciones). Y es que, obviamente, confundir permitir la existencia de una institución con favorecerla (cosa que sólo puede suceder a posteriori de permitirla) es la mejor excusa para negar la posibilidad de que ésta esté siendo perjudicada, o bien la mejor premisa para promover directamente su aniquilación en nombre de la imparcialidad de la justicia.


[2] Cabe mencionar que esta idea no sería tan mala si no fuera porque se parte del prejuicio de que la voz disidente no podrá ser descubierta en el mercado, con lo cual un giro en la demanda por medios de comunicación "distintos" no se promueve publicitariamente para que se gane su propio espacio conquistando al público (o sea, lo que en un lenguaje que odian se podría traducir como "hacerse un mercado") sino subsidiando la ocupación de ese espacio a costa de la elección del público existente, sin siquiera persuadirlo previamente. 
El precio que se paga por este intento artificial de que se conozcan "voces" supuestamente "diferentes" es, o bien el fracaso de obligar al público a pagar vía impuestos medios de comunicación que no elige mientras que una parte de la demanda se quedará insatisfecha, o bien el "éxito" de forzar a ese público a ver lo que no desea. En todo ideario socialista, lo que parece una combate contra la oferta de las empresas, implica en realidad el autoritarismo sobre la demanda de los consumidores de los cuales aquellas dependen.
Y como se ve, incluso este intento de forzar el pluralismo de voces presupone que la gente sólo desea escuchar sus propias opiniones, y que entonces deberá ser obligada a elegir lo que no desea elegir para probar el sabor de opiniones distintas. Este autoritarismo altruista y pluralizador no hace más que encubrir  –o, si somos generosos, podemos decir que, dada la discrecionalidad ideológica con la que el kirchnerismo seleccionará las voces de entre este pluralismo olvidado, este dirigismo deriva en– un autoritarismo oficialista, egoísta y unificador del pensamiento. 


[3] Una reflexión final sobre el sentido común "hegemónico" y la supuesta "contrahegemonía" con recursos gubernamentales. En otra época los marxistas-leninistas intentaban cambiar un sentido común capitalista, que se formaba espontáneamente en los individuos por vivir dentro de la sociedad burguesa, por un sentido común nuevo, socialista, que sin embargo no lograban nunca se formara espontáneamente dentro de la sociedad proletaria y por lo cual debían planificarlo y asistirlo permanentemente.
Las empresas privadas de medios de comunicación, si no reciben subsidios o protecciones, compiten para adaptarse al estado de ánimo imperante. Si intentan modificarlo, que pueden hacerlo, se arriesgan a afrontar pérdidas y por otra parte hacen evidente la disidencia. El mercado conspira contra los intereses comunes de las clases que genera, e incluso mercantiliza, o sea, amplifica, las ideas dirigidas contra su propia existencia. Los medios privados (si no tienen algún tipo de auspicio estatal para afrontar los costos, insisto) no se pueden dar el lujo político de intentar crear una hegemonía ideológica que requiere sincronicidad, así que sólo se las puede acusar de retroalimentar una tendencia que ya existe en el público. Las empresas públicas de medios son otra  historia, y si son parte de un gobierno que quiere crear otra sociedad, pueden hacer dicho adoctrinamiento del sentido común, incluso, como en este caso, con la ayuda de militantes que son más papistas que el papa. Pero como las sociedades que crean, las culturas que generan los revolucionarios sociales no son ni autosustentables ni tienen capacidad de autorreproducción: son absolutamente políticas y dependen de la infusión exógena de ideas por parte de un movimiento o un partido enquistado en el Estado. Este manual es un ejemplo patético.

miércoles, 24 de abril de 2013

El periodismo como libertad individual

(Este post lo publiqué en el blog Argenlibre y se perdió junto con el resto de los artículos cuando fue censurado.) 



¿El periodismo debería tender a la objetividad? Hemos escuchado esta pregunta miles de veces, de parte de ideologías de todo color, como argumento a favor o en contra tanto de la prensa privada como de la prensa gubernamental. La mayoría intenta contestar a la pregunta de muchas formas diferentes, a veces incluso algunos lo hacen objetándola desde la “politización de lo objetivo”. Sin embargo, sólo una minúscula minoría contesta a esta pregunta con otra. La pregunta que yo hago es muy simple: ¿por qué el periodismo debería tender a algo?

Es cierto que no es una pregunta muy nueva, pero sí es una pregunta olvidada. Muchos se sorprenden sólo de hacerla porque no han reparado en la cuestión. Otros tantos se ofenden porque pretenden que se presuma que el periodismo es un servicio –particularmente público, ya que no se habla de periodistas sino del “periodismo”. Creo que es ésta la cuestión clave que debemos encarar antes de discutir cualquier otra cosa: ¿es el periodismo un servicio? Ciertamente no debe ser un servicio público si el periodismo del que se habla no exige del público exacciones impositivas, esto es, si se maneja con su propio dinero. Y aquí, antes que nada, hablaremos de la prensa privada, cuyos propietarios últimamente se han convertido en sospechosos por tener sus motivaciones unos “intereses” de un supuesto “carácter diferente” a los demás intereses privados del resto de los que integran la población de un país. Esta acusación de cierto sector populista de la clase política no tiene ningún sentido: a menos que los propietarios de medios pertenezcan a una clase distinta por la cual perjudiquen intrínsecamente los oficios del resto, y a menos que, a su vez, hagan una bandera de esta malévola función social por encima de cualquier otra forma de obtener recursos, entonces sus intereses son tan opuestos a los del resto como podrían serlo los de los panaderos y los verduleros.[1]

¿Es acaso el periodismo un servicio para el cliente que lo acepta? Tampoco lo es. No hay ningún contrato entre el consumidor y el productor del contenido periodístico, como no lo hay entre el consumidor y el creador de un libro o de una película. Ni escritores de libros, ni periodistas, ni directores de cine, le deben nada a nadie. No les han pagado previamente para hacer nada. Lo hacen, lo ofrecen y lo venden. Cada peso ofrecido por un diario cualquiera se intercambia por el ejemplar de hoy, no por el de mañana.

Siendo las cosas así ¿por qué el periodista debería “tender a algo”? Creo que la pregunta a esta altura debería contestarse sola. Mi respuesta es una suposición acerca de por qué nos hacemos esta pregunta, y creo que nos hacemos esta pregunta porque suponemos que el trabajo del periodista es un medio para nuestros fines, y no un fin para él mismo. Nadie se pregunta si, por ejemplo, la indumentaria, la arquitectura o la informática deberían tender a la calidad, al buen gusto o a la belleza. Se puede decir, por supuesto, que preferiríamos que tal o cual moda fuera de una u otra forma, pero nadie que presuma de “demócrata” reclamaría una ley para obligar a los diseñadores a fabricar tal o cual tipo de ropa, o para proteger al consumidor de la ropa de mala calidad o fea si éste la prefiere así por un bajo precio. Pero parece que la democracia deja de tratarse de libertad política y pasa a ser una cuestión de poder político justo cuando se habla de periodismo.

Como en los casos anteriores, será la elección del consumidor elegir si quiere pagar por tal o cual información dependiendo de cualesquiera criterios éste elija. Ni el periodista puede ser libre si es obligado compulsivamente y en forma previa a cumplir con un canon cualquiera para ejercer su profesión, ni tampoco será libre el consumidor de tener la última palabra sobre el canon que elegirá aceptar a cambio de su dinero.

Ahora bien, si los motivos del periodista competen a él y a nadie más porque se trata de su trabajo y esfuerzo, tampoco debemos preguntarnos a quién este se asocia o para quién trabaja, ya que en tal caso se trata del mismo problema de recursos: es la libertad de empresa la que subyace a la libertad del periodismo. Si para decir algo un periodista utiliza el medio de comunicación creado por otro, no puede exigir decir lo que se le antoje sin obligar al productor de dicho medio a no ser libre de usar su capital como quiera. Y aquí la libertad es bilateral, ya que tampoco puede el propietario de medios pretender que todos los periodistas estén dispuestos a aceptar trabajar para su empresa bajo cualquier condición. El periodista puede privar de sus palabras al editor si éste no opina como él, así como el consumidor puede privar a ambos si decide que no le ofrecen lo que quiere.

Hasta aquí no estoy si no retraduciendo para la libertad periodística lo que Milton Friedman afirmara respecto de la “responsabilidad social” para la libertad de empresa en general.[2] Arturo Jauretche, sin mucha originalidad, repetía el mantra anticapitalista diciendo: "No existe la libertad de prensa, tan sólo es una máscara de la libertad de empresa". La obvia respuesta randiana es que "no hay contradicción: la única libertad de prensa legítima y realmente independiente es la libertad de empresa". Si una empresa periodística da más o menos libertad dentro de su empresa, es su decisión o bien es una necesidad (para retener a un periodista valioso, por ejemplo) pero no tiene la obligación de hacerlo: no tiene la obligación de financiar en su propio medio de comunicación una opinión que no comparte. Si acaso con su opinión conquista un mercado más reducido, son sus recursos los que se pierden, y acaso podrá sacrificar la divulgación de su opinión si quiere priorizar sus ingresos por sobre sus creencias. Si no lo hace y el público elige más la opinión de los periodistas que expulse, entonces esa opinión será adoptada por otra empresa, creada por un empresario competidor o bien por esos mismos periodistas devenidos en empresarios, y perderá dinero que otro recibirá del público, un público tan libre como de él de comprarle a quien quiera. Pero en cualquier caso hará lo que desee con su propiedad y pagará los costos si sus clientes no quieren consumir lo que su capital publica. En esto no puedo menos que estar de acuerdo con el “neo” liberalismo clásico: si vamos a aceptar el ideario moderno del contrato social en nombre de la igualdad, pues, sólo hay igualdad de libres contratantes si los iguales derechos “democráticos” se refieren a igual dominio sobre los espacios legitimados de libertad (y eso son, o deberían ser, nuestros derechos de propiedad, por desiguales que sean sus resultados sociales) y no a perder ese dominio para conseguir iguales espacios (derechos a beneficios iguales).[3]

 La cuestión es ahora, partiendo de la premisa de que el periodismo no es una obligación social sino una elección individual, si acaso el periodista tanto como quien consume su trabajo, pueden pretender, respectivamente, alcanzar o esperar objetividad.
Mi opinión es, aquí, muy particular: creo, primero, que interpretar los hechos es hacer teoría que no está dada en los hechos mismos. En segundo lugar creo que incluso estos hechos son un segmento recortado de la realidad, y al cual se le da significado, desde un marco interpretativo, esto es, teórico, “ideológico” si se quiere. Por tanto no puede existir objetividad en ninguna cosa.
Sin embargo sí podemos hablar de “objetividad” en un sentido distinto. No podemos pretender que el periodista interprete tales o cuales hechos de la misma forma que con quienes se comunica, pero sin embargo sí podemos esperar que seleccione dichos hechos de una forma muy similar. Si habla “el mismo idioma” interpretativo que sus receptores, entonces podrá presumir que éstos podrán entender lo mismo que él cuando afirme que sucedió tal o cual cosa, si bien se pueda diferir en los por qué. Si como periodista sé que por “violencia” entiendo lo mismo que mis lectores, puedo ser “objetivo” para éstos si describo un hecho que cumpla con los requisitos conceptuales compartidos, mientras que mentiría a los mismos si utilizo otra palabra.
Haciendo esta salvedad, estoy de acuerdo con Javier Darío Restrepo cuando dijo, casi parafraseando a Heráclito, que la objetividad periodística es “una pretensión tan desmedida como la de aprisionar el reflejo de las aguas de un río, que en un instante son, y en el siguiente dejan de serlo”. Pero considero que se equivoca al afirmar que, sin embargo, esa objetividad “es la garantía que el lector busca para poder creer”. Eso dependerá del lector. No hay un único público de la misma forma que no hay un único periodismo, así que la búsqueda de una garantía, que nadie podrá ofrecerle, correrá por su cuenta.
Es él quien paga con su dinero y debe poder elegir a su gusto.


[1] Si se roban mutuamente se opondrán, y sino no. Ni ser empresario ni ser siquiera un “empresario monopólico” es suficiente razón para presumir que las fuentes de ingreso del “interesado” no tienden a depender cooperativamente de los ingresos e “intereses” de los demás (excepto precisamente si el monopolio es estatal o en colaboración con éste, ya que las burocracias políticas no necesitan cooperar de ninguna forma para obtener sus ingresos). A su vez la presunción de que el interés empresario desea promover una ideología nociva para el resto de los intereses de una sociedad tampoco podría tomarse en serio por una razón de utilidad individual contra el bien común de su “clase”: precisamente es la naturaleza común de los intereses individuales “burgueses” no poder velar individualmente por esa causa común de la que dependen. Para poder lograr el empresario semejante acción colectiva, las fuentes de ingreso de su negocio deberían estar, en su escala de intereses, por encima de los ingresos de los que depende (o sea, sin importarle la huída de su clientela) como para que, en lugar de divulgar aquello que se supone el público podría querer escuchar, tienda a difundir en su lugar una ideología impopular –sea crea en ella o no– que de realizarse, según los anticapitalistas, perjudicaría a dicho público.
Los empresarios no suelen tener intereses públicos y sí privados, ya que para verlos realizados deberían poder obtener lo que desean a través del poder estatal a cambio de nada, mientras que sus beneficios capitalistas requieren de intercambiar la utilidad social de sus propias empresas. Convertir su liderazgo económico en político les posibilitaría no sólo liberarse de la necesidad de acrecentar medios de subsistencia que dependen de la producción de bienes de consumo, sino además expandir sus intereses a la planificación de la sociedad que desearan y su posición en la misma, lo cual quitaría toda utilidad a la defensa de una existencia mercantil. Son pocos los grupos económicos que pueden conseguir la organización política suficiente para lograr involucrarse en proyectos sociales a gran escala, y muchos de los que lo logran (como los desarrollistas del Grupo Clarín) saben que no funciona matar la gallina de los huevos de oro que es la libre empresa a la que le deben su nacimiento.
[2] Milton Friedman, "The Social Responsibility of Business is to Increase its Profits", The New York Times Magazine, September 13, 1970.
[3] Si se habla de “democratizar” equis cosa, antes hay que aclarar qué entendemos por “democrático”, y para esto sólo hay, esencialmente, tres opciones:
1) igualdad de derechos individuales a lo propio e intercambiado;
2) igualdad de derechos “sociales” a una cantidad de bienes que deben ser provistos por el Estado;
3) igualdad para hacer una suma de opiniones de la que se sacará la mayormente repetida para decidir lo que un monopolio estatal de uso de la violencia hará o permitiría hacer a todos (que incluye escoger entre las opciones 1 y 2).
No tiene sentido hablar de “extender” la democracia política a “lo social”, “lo económico”, “lo mediático”, ya que éstas son todas cosas inseparables. Si el Estado adopta, por voluntad mayoritaria constituyente, entender la democracia en el sentido 1 o el 2 (o en combinaciones de ambos), entonces el acceso igualitario al poder será democrático en el sentido de que sirve para garantizar que el Estado se limite a establecer un sistema de derechos económicos, sociales, políticos del tipo 1 o 2 (o sea, que haya democracia social, económica, etc. en el sentido 1 y 2), y cualquier otra cosa será una violación al tipo de igualdad de derechos. Si la Constitución elegida entiende la democracia en el sentido 3, entonces también ya habrá “democracia” en lo social y económico siendo que el Estado aplicará la voluntad de la primera minoría o de la mayoría para hacer con la sociedad y con la economía lo que a ésta se le antoje.
Es un error grueso confundir la “igualdad” en el sentido de “un hombre, un voto” como método de toma de decisiones igualitaria, con una decisión igualitaria. Si la democracia se define por el establecimiento político de algún tipo de igualdad (sea la 1 como “un hombre, una propiedad”, o la 2 como “un hombre, una cantidad de bienes”), entonces el criterio de “un hombre, un voto” debe limitarse a la elección de un orden de derechos (cuando se trata de la Constitución) o de las medidas para que éstos se efectivicen (cuando se trata de la elección de las políticas públicas), y no a la organización de la sociedad o de algún sector de la misma.
Si lo que se quiere es esto último, o sea, la opción 3, debe aclararse que el resultado de manejar la sociedad o la economía mediante “un hombre, un voto”, será un desigual reparto de derechos por mucho que a la hora de haber votado se haya tenido igualdad de acceso (“mob rule”, como tenemos en Argentina). Pero si se pretende que la democracia en el sentido 2 es la debida aplicación del sistema de elección democrática de una política a toda la sociedad o a toda la economía, lo que se hace es mentir: la igualdad del voto se aplica sobre el gobierno porque el gobierno no es lo mismo que la población que vota. El voto es imposible de aplicar sobre la misma población votante, y por eso se elige al órgano que tiene el monopolio de la violencia para asegurar que la población se amolde a lo que esta misma eligió.
La democratización de los medios de comunicación en el sentido 2 es sólo en apariencia parecida a la aplicación de un sistema electoral por la igualdad en la participación (además de imposible de aplicar y ejercer en libertad si no hay un medio de comunicación por cada persona), y es exactamente lo contrario de la democratización en el sentido 1, que ya existe para la prensa, y que es lo que asegura que, si intentamos poner un medio de comunicación, éste será nuestra voz y de nadie más, y que será nuestra responsabilidad que crezca con los “votos” de los clientes, o sea, con su dinero, que éstos podrán disponer como uno de sus derechos individuales (o sea, derechos del tipo 1). Si los derechos “sociales” del tipo 2 se aplicaran realmente en su totalidad, no serviría de nada darle dinero a un medio de comunicación, ya que éste estaría sometido a la participación igualitaria de los recursos de toda la sociedad y, con bienes no divisibles, dicho medio quedaría en manos de un promedio que no satisface a nadie, o de lo que el Estado considerara debe de ser ese promedio (el beneficiario inevitable de los “derechos positivos” cuando se trata de recursos indivisibles, como fábricas, empresas de servicios, imprentas y canales de televisión; excluyendo a esos sub-estados que se han vuelto los sindicatos)


viernes, 22 de marzo de 2013

La autosuficiencia del marxismo: el pluralismo con pies de barro



Tenía una buena opinión del marxista Rolando Astarita, que consideré era la excepción a la regla. 

Todo eso duró hasta que participé en su blog. No sólo pude constatar argumentaciones tramposas sobre temas cruciales: el trabajo asalariado, la distribución del ingreso, etc., también contemplé la utilización capciosa de hechos descontextualizados. Desgraciadamente pude constatar, además, cómo su predisposición al diálogo es simplemente una ilusión. Cuando esta se cae, el sujeto recurre a excusas varias para evadir tratar las cuestiones de importancia. Su marxismo, supuestamente "humanista", toda su versión del mismo, se dice tolerante en lo político, pero demuestra no serlo en lo personal. Las ideas adversas le molestan. Se nota. Y cuando son incisivas y meten en el dedo en la llaga, las agrede, insinuando finalmente malas intenciones por parte de su autor, cuando no injuriándolo a su vez. En este caso el autor fui yo.

La cuestión no termina acá, y se fue agravando hace unos meses. Rolando (o Rolo para los amigos) se rodea de una corte de arrastrados, participantes que hacen de aplaudidores, pero con la cabeza alta por tener leves “disidencias”. Resulta que estos seis o siete monigotes muestran los dientes por él. Agreden sistemáticamente, y estas agresiones abiertas, que violan las reglas de su propio blog, son permitidas por el dueño del mismo y por su moderador. Hábilmente, ninguno de los dos se rebaja al insulto, aunque lo permiten descaradamente de parte de sus compañeros de ruta.

Creo que todo lo anterior no obsta para que se pueda afirmar que hay muchas reflexiones interesantes, más o menos originales (esto no importa tanto), o al menos clarificadoras, desparramadas entre muchos de los artículos de Astarita, como ser sus observaciones sobre la naturaleza de la URSS desde un punto de vista marxiano, así como sus críticas al trotskismo. Desgraciadamente muchas de estas se entremezclan con otras bastante pobres, casi sin solución de continuidad. Mi consejo para el que siguiendo mi consejo lea sus artículos (que por su nivel son, a mi gusto, usualmente más de divulgación y adoctrinamiento, que de investigación académica exhaustiva) es que tenga cuidado de separar la paja del trigo.

Por esto último, y a pesar de lo sucedido, no dejé de participar y dejar mis comentarios, debatiendo extensamente (cosa que a Astarita parece que le irrita más que las agresiones, y que confunde pedantemente con el desarrollo de artículos). Al menos debatiendo las pocas respuestas que se me daban y que seguían el diálogo. 
Varias veces, en nombre de evitar la extensión de mis respuestas, cerraron directamente posts de su blog a futuros comentarios.

Paso aquí links a algunos de los artículos en los que participé dejando mis opiniones:

“Marx y el teleologismo histórico”

“Ampliación sobre Marx y el teleologismo histórico”

“Métodos de discusión en ámbitos de izquierda”
(se olvidó de aclarar qué se hace con los que no son de izquierda)
(a este artículo le cerraron los comentarios)

“Argumento sencillo sobre la explotación”
(yo prefiero llamarlo: “Argumento falaz sobre la explotación”, si acaso es realmente un argumento)
(este artículo también fue cerrado, antes de que pudiera publicar una respuesta a un debate que, para colmo, no era offtopic. Mi última respuesta, eliminada allí, se puede leer acá: https://docs.google.com/file/d/0B7rlh38AXoNCYWZUMEJKYU9EZTg/edit?usp=sharing)
Para una respuesta breve y concisa al "argumento" de Astarita, copio aquí un boceto que hice en un foro:

Astarita intenta probar con vulgaridades y pedantería, por la negativa, algo que no tiene sentido: 1) la sociedad feudal ideal de su ejemplo es un disparate que viene de alguien que no estudió ni sociología ni historia (como si fuera poco la idea de "feudalismo" como modo de producción es ya una reliquia de la Guerra Fría infectando el ámbito académico puesto que incluso el concepto de feudalismo se ha vuelto tan elástico que los historiadores lo que quieren dejar de utilizar -ver el artículo "The F-Word"- así como la idea de "modo de producción esclavista", que no tiene sentido ni siquiera para los autores cercanos al marxismo como Meillassoux: en todo el Imperio Romano el máximo de población esclava fue del 15%). 2) Dice que el intelectual economista neoclásico coincidiría en que el "feudalismo" hay apropiación de un excedente sin remuneración, cuando precisamente el análisis económico de las instituciones de los neoclásicos afirma precisamente lo contrario respecto a la naturaleza del "pacto feudal" (ver Douglass North). 3) Presume como un hecho la teoría de la acumulación originaria para explicar el surgimiento del capital, lo cual es un disparate por partida doble: primero porque en el marxismo los procesos sociales transformadores surgen encarnados en nuevas clases y en la lucha entre éstas, no de la voluntad de las mismas, y segundo, porque los señores no fueron acaparando las herramientas de producción sino los campesinos más ricos, como producto de la mayor utilidad del capital. 4) El mercado al que vende el capitalista agrario en el ejemplo se reduce al de los propios campesinos, con lo cual no tendría ningún sentido una relación mercantil. Pero si esa relación existe, es porque los ingresos del capitalista dependen del consumo de individuos que no trabajan en su campo, y viceversa. Es la capacidad de consumir otros bienes con el dinero del empresario lo que lleva al trabajo asalariado. Y que los campesinos no sean empresarios que consigan por sí mismos ese dinero no depende de una deprivación de herramientas de producción que se realimenta automáticamente (si así fuera los salarios no variarían por cambios en la oferta y demanda de trabajo y capital) sino por la mayor utilidad para el trabajador en tanto asalariado y en tanto consumidor.

En resumen: toda la hipótesis de que el excedente es apropiado por una necesidad artificial de no morirse de hambre impuesta por la falta de medios de producción y tierra, requiere del presupuesto de la acumulación originaria. Si este presupuesto es falso, las cosas cambian: las 20 unidades de cereal que no se pueden comprar con los ingresos del salario se han entregado a cambio de las 20 que sí se pueden comprar, no a cambio de nada, y por ende si el campesino hubiera producido por sí mismo (incluso en una socialismo campesino) habrían sido 5. Ésa es la diferencia de fondo entre la "sociedad feudal ideal" y la "sociedad capitalista ideal" (que sin embargo Astarita se cuidó de llamar así), y es muy sencilla: en una los campesinos pactan la entrega del producto de uso directo a cambio de una seguridad que no se pueden proveer (y cuya necesidad los caballeros no inventaron), y en la otra los campesinos entregan a otros campesinos tiempo de trabajo que no "vale" todo lo que es producido con éste (incluso si se suma el tiempo de trabajo para hacer las herramientas, dicho trabajo es pagado de acuerdo a su verdadero "valor"), siendo la diferencia no un excedente de trabajo no remunerado (la apariencia de haber trabajado en una cantidad de bienes que no se pueden comprar en su totalidad con el salario), sino un excedente que resulta de la productividad del trabajo creada por el interés del capital adelantado y por la actividad empresarial. El tiempo de trabajo se entrega, entero, a cambio de tener una parte en esa mayor producción en proporción a la contribución marginal al mismo. Esa remuneración no es un recorte de su tiempo de trabajo, como si flotara en el aire y no hubiera sucedido en una empresa, sino que refleja la utilidad del total del trabajo. En el ejemplo sin la hipótesis de la violenta "acumulación originaria", los campesinos terminan eligiendo y finalmente dependiendo del mercado de trabajo, porque los campesinos capitalistas que hacen que su trabajo sea más productivo, les adelantan sus ingresos que entonces ya no dependen de las vicisitudes en el mercado de consumo. Por eso el capitalismo ha aumentado constantemente el nivel de vida del asalariado, porque el excedente, que toda la población proletaria en bloque no recibe, depende de la utilización del capital, de proveer exitosamente a todos de mejores bienes de consumo, mérito que esta población no tiene por sí misma sino de los empresarios que se desprenden de ella. 



En esta última guerra de comentarios, sin embargo, los Astarita no sólo cerraron el artículo, sino que eliminaron los mensajes que había escrito sin advertencia previa, sabiendo que todo lo escrito podría haberse perdido.

Ante esto -y paso ahora a relatar lo sucedido- me dirigí a otro de sus artículos (que en ese momento estaba siendo asiduamente comentado) para exigir que se cumpliera lo que contractualmente (al menos de palabra) el blog prometía, pero resultó que también allí se dedicaron a eliminar (a discreción) los mensajes que dejaba, no pudiendo así contestar los ataques que se me hacían.


Mientras tanto, la patota de sus fans se la pasó injuriándome cuando no agrediéndome personalmente, así, a secas, con puros insultos. Viendo que mis mensajes sólo llegaban a su moderador, y no al blog, le contesté en los mismos términos a éste. Graciosamente, este moderador (el propio hijo de su autor) publicó uno de estos comentarios, como "mal ejemplo" para así poder justificar, ante sus amigos "horrorizados", mi proscripción permanente. Todo un show.

Pero, bueno, así es como las cosas se desarrollan en el ámbito sacrosanto en el que la izquierda marxista -y parece que debemos estar más que agradecidos por esta bendición- hace el meritorio sacrificio de tolerar ideas ajenas. Ante tanta tolerancia, deberíamos postrarnos agradecidos (encima que son marxistas y no totalitarios ¿nos quejamos?), y jamás dudar de la misma so pena de no ser tolerados a su vez. De hecho, uno de los amigos de Rolo amenazó a un participante, “Burzum”, por simplemente haber hablado en mi defensa (este me ha enviado un mensaje avisándome que a él también le están borrando sus comentarios, así que parece que la cosa es sistemática, y se extiende a toda la derecha liberal, que para poder hablar tranquila tiene que mostrar certificado de buena conducta, ya que de otra manera le buscan violaciones a reglas que no se cumplen para todos los demás).

Como sea, la cohorte de miserables que se cerraron alrededor de Astarita, se dio el lujo de basurearme y falsificar los hechos aprovechando que yo ya no podía contestarles (una suerte de 678 a escala... pero hecho por antikirchneristas). Cabe reconocerles que se divierten y hasta emocionan con poco, casi como púberes. Así, se aplaudieron mutuamente por haber evitado mi supuesto acto de trolling, el cual para Rolando era todavía más: un intento de “destruir” su blog (afirmó este disparate, literalmente).


Esta historia, que resultaría insulsa por lo previsible, tiene a pesar de todo su lado positivo: no han borrado (al menos no todavía) todos los mensajes que publiqué antes de mi proscripción. Y hasta pude colar el comentario final (en un link) en respuesta al último comentario que me hicieron en el  artículo que cerraron, y en el que mayormente dejé mis mensajes. Me quedó, sin embargo, una respuesta pendiente a un comentario de un tal AP escrito en tres partes (ya que, tal vez por un error del moderador, aparecieron autorizados luego de que se cerrara el artículo, y por lo cual nunca pude contestarlo). Este era muy poco sociológico, y además falso (entre otras cosas falsifica varias cosas dichas por Mises que yo le había pasado). Comienza dando ejemplos de los orígenes "delictivos" de la mayor parte de las empresas existentes, como "demostración" de que sólo del capital surge nuevo capital (cuando un robo suficiente para hacer esto sólo puede realizarse contra otro capital), en vez del ahorro del trabajo. Se podría haber afirmado, simplemente, que todo préstamo bancario deriva de la explotación, o que la mayoría de las empresas surgen creadas por ex empresarios, y listo, no hay que hacer demagogia moral. Pero en todo caso, aun aceptando esta omisión absoluta de la actividad empresaria, el capital necesario sólo pudo haber sido ahorrado a través del trabajo, o aumentado gracias al mismo (de otra manera todo capitalista tendría éxito en el mercado por serlo). Ya Schumpeter y Sweezy admitían la vitalidad de esta función empresaria, cuando reconocían que sólo en la industria algodonera de Inglaterra de 1912, que entre el 63 y el 85 por 100 de los empresarios habían surgido directamente de la clase trabajadora. Al final AP recurre a afirmar un surgimiento del capital inicial basado en el "intercambio desigual", la usura y el robo (cosa inevitable en su argumento, ya que si tiraba del hilo y encontraba al final un empresario antes trabajador independiente, todo se desmoronaba). Pero resulta que esto es un disparate en términos marxistas, cosa que ya había repetido antes: Marx afirmaba, precisamente, que se necesitaba el trabajo asalariado para que el interés (usura, le llama Santo Tomás de AP) y el intercambio desigual pueda obtener plusvalor. Es además una petición de principio: para ser usurero, para hacer intercambios, se necesita un capital, y es ese capital el que hay que explicar, sin recurrir a una transformación espontánea del señorío. Y, precisamente, en la burguesía urbana medieval referida, esa idea contradictoria ni siquiera es posible. Para que funcionara la acumulación originaria que habría generado al proletariado supuestamente "necesario" para acumular capital... se necesitó capital previo sin éste... y no importa si todos los burgueses lo ahorraron con su trabajo, o si todos estos (como está implícito en el mensaje) eran ladrones sin capital (sic) que utilizaron el trabajo de los campesinos o artesanos (que de ser así podrían haberse convertido igualmente en capitalistas). La cuestión es la no necesidad de relacionarse con trabajo asalariado para convertir el dinero, el trabajo ahorrado (propio o ajeno), en capital. No hay forma de que los marxistas salgan de esta encrucijada, y eso es lo que surgió una y otra vez en el debate que los Astarita dieron artificialmente por finalizado.



Pero volviendo a la cuestión de los ataques contra mi protesta por haberme expulsado del blog, aprovecho para contestar aquí, lo que no puedo contestar allá (http://rolandoastarita.wordpress.com/2010/08/23/discusiones-sobre-la-renta-agraria/) Y mi respuesta aquí viene a ser mi uso del derecho a réplica, aunque no sea en el lugar correcto. Esta es mi respuesta a las agresiones y comentarios falaces y falsos que se hicieron sobre mí y sobre mi propio blog. Para empezar voy a publicar uno de los mensajes que borraron, y que envié varias veces:

Rolo: mi último descargo.
Primero: no necesitás defenderte, pero es interesante que te preocupe hacerlo.Todos los que acá debaten están de la vereda de la izquierda (salvo que se porten muy pero muy bien como el amigo Adrián Ravier), así que si censuran a alguien de derecha ¿qué pluralismo se pierde? Ah, cierto, era por las reglas, ésas que no se cumplen en todo lo demás para todos los demás.Esto es como el mercado negro en los países socialistas: permiten que todos estén en él ya que es la única forma de comer, y cuando alguien se opone ya tienen de qué acusarlo ("ustedes sabía que esto estaba prohibido ¿no?").
Segundo: yo no estoy tan loco de decir que "quieren destruir mi espacio", así que tampoco diría que "me quieren censurar los marxistas". Y menos lo diría porque, de verdad, he tenido charlas más tranquilas y tolerantes entre maoístas y trotskistas (que en lo ideológico son aparentemente más dogmáticos que vos), que acá, donde el marxismo está tan bien rebosado de humanismo.
Tercerlo: Que no permita comentarios en mi blog no significa que seleccione las opiniones opuestas para borrarlas, como hacen acá (o sea: nadie escribe, ni a favor ni en contra). No tengo ni tiempo ni ganas para moderar. Pero quienes me conocen saben que puedan hablar conmigo por mail cuando quieran, e incluso charlar cara a cara.
Lo último, como consejo: dejá de fomentar teorías conspirativas sobre las personas, y si lo hacés, no te quejes cuando te visitan los Kim Jong Boys y te acusan de ser un agente del recontraespionaje.
¡Suerte! Realmente ustedes la necesitan.


En cuanto a los comentarios que se hicieron a continuación, van acá mis respuestas. Rolando afirmó: “Estas larguísimas intervencionesde las que no censuramos ninguna, daba lugar a respuestas también largas de parte de otros lectores. Una y otra vez le solicité a ese señor que fuera más breve.”
Mi respuesta sería, entonces ¿por qué pedírmelo sólo a mí? :)
Rolo también afirmó que: “Para todos el pedido fue el mismo: que mantuvieran una cierta moderación en la extensión de comentarios. Este pedido se hizo siempre sin importar las opiniones. La regla es para todos, y hay un momento en que hay que poner límites al abuso.”
Una vez más ¿por qué el abuso sólo vendría de mi parte? Y no sólo eso: si las reglas son para todos ¿cómo es que a mí una sola puteada me hace merecedor de ser banneado, mientras que sus sicarios pueden adornar el blog con insultos sin ser siquiera reprendidos?
Después está el resto, los miserables que ya no disfrazan su intolerancia con el discurso del orden y la organización, además de esconder la rabia que tienen. Un tal Gerardo Daniel amenaza a Burzum si acaso llega a caer “a mi nivel” (y habla de nivel luego de llamarme “energúmeno”). ¿Cómo caería a mi nivel? Bueno, si acaso tiene la idea “repugnante” ¡de dudar de la tolerancia del blog! Es genial. U otro que supuestamente se llama Juan Pablo, y que por mi enojo dedujo (sic) “se acaba de comprobar” que mi participación en su blog es un “estorbo”. No sólo eso: que sería supuestamente hipócrita que yo defienda que unos pocos posean “medio mundo” mientras que no respeto el derecho de Rolando a su “creación” (sic). A este último la respuesta es sencilla: ese “medio mundo” de empresas, fue fundado por quienes los poseen y sin ellos no hubiera sido posible, y lo poseen mediante el mismo derecho de propiedad que le da a Astarita la libertad de hacer con su blog lo que quiere. Resulta, además, que eso no es lo que está en discusión, ya que en su blog se comprometieron a proteger las opiniones contrarias, cosa que claramente no se hizo. O sea: Rolando está en deuda conmigo.
Finalmente aparece el último, que se escuda tras el seudónimo de AP (no sé por qué esperaba más de este tipo: otra desilusión). Este AP parece que se dedicó a hacer inteligencia de mi persona, en tiempo record. Desgraciadamente lo hizo con muy poca inteligencia. Lo cito: “Pablo está muy al tanto de las reglas, amplias por cierto, con que funciona este blog y no solo eso, sino, fue reconvenido amablemente, tantas veces que ya he perdido la memoria, por lo que se debía esperar un mínimo de prudencia, que, lamentablemente no existió.” A esto sólo puedo contestar que: estas reglas son tan amplias que incluyen agredir a los interlocutores. Claro, que son amplias para gentuza como él, no para mí. Y continúa, ya sacándose la careta y mostrando su faz pendenciera: “Pero el problema no es solo que no sabe cuando callarse la boca. Hay un evidente doble rasero de moral, algo nada extraño en quien gusta sacarse fotos de perfil emulando los rasgos de un retrato de Niccoló Macchiavelli.”. El iluminado cazó el Google y se puso a buscar imágenes con mi nombre, y encontró una página, que ni siquiera es mía, en la cual quedó enlazado mi perfil con la cara de Maquiavelo, ya que uno de mis artículos se trataba de este tema.  Para peor, el ignorante confunde doble rasero moral con maquiavelismo. En fin, ojalá hubiera terminado ahí. Lo siguiente que hace es, casi como una revelación, publicar un diálogo viejísimo que tuve con un blogger, sobre el hecho de que no permito comentarios en mi blog, con lo cual éste se consideró autorizado para afirmar otra sandez: “Como vemos, es el ya clásico: predicar agua y beber vino de todos los Tartufos de la historia.”. La cuestión es que, precisamente, yo no exijo tener el control del blog de Rolando, sino que cumpla con lo prometido en las reglas del mismo: que no se eliminen mensajes discrecionalmente antes de avisar que se va a proceder a hacerlo, y que no se permitan agresiones en su blog. Una vez que se comprometió a hacer algo, debe cumplirlo. Pero AP sabe de moral, en fin, lo que un “marxista” puede saber del asunto.

Este es el tipo de intelectuales que merodean en el espacio “académico” de Rolando Astarita. Un fiasco.

P.S.: Cabe mencionar que hay gente inteligente, y algunos hasta decentes, que participan en este blog. No es el caso de los sujetos anteriormente mencionados. Está en el ADN del marxismo las conductas de casi todos sus representantes, si es que estos aceptan ser militantes antes que buscadores de la verdad.
Sin embargo, es necesario aclarar que, por esto mismo, no es monopolio de éstos la intolerancia, ni mucho menos abarca a todos los marxistas. De hecho, aquellos marxistas tolerantes que he encontrado (me refiero ahora fuera de este blog, en general), lo son realmente en sus actitudes personales, como una forma de vida, y no meramente como una posición política en favor de una tolerancia institucionalizada (si tal cosa es posible en el socialismo). Y debo reconocer que quienes son realmente tolerantes, son mucho más que tolerantes, y en mayor grado que muchos críticos del marxismo. Tal vez sea porque tomar una posición pluralista dentro de un marxismo que abiertamente no lo es en la política, no deja espacio para las hipocresías que podrían encontrarse entre muchos liberales y socialdemócratas, o sea: el marxista confeso que en los hechos es tolerante, difícilmente lo haga para aparentar, ya que no gana nada. Desgraciadamente, por la tensión que naturalmente se dará entre una cosmovisión totalitaria y una profesión humilde de la misma, estos marxistas pluralistas (y, en los hechos, liberales, aunque no lo quieran reconocer) escasean y suelen encontrarse sólo entre los eruditos sobre cuestiones históricas e intelectuales sobre aproximaciones filosóficas, ya que cuando se tratan temas que refieren al presente, no hay forma de sobrevivir sin competir políticamente por el premio mayor cuyo precio a pagar es ser parte del ambiente beligerante de los intelectuales de choque.