jueves, 26 de agosto de 2010

K y Clarín sobre Papel Prensa: la ideología del poder y el poder de la ideología



Es significativo que a pesar de la importancia de los intereses y las ideas en esta lucha por el papel y la prensa en la Argentina, sea la lucha misma el centro de atención. Los intereses, tanto de los K como de Clarín, también dependen de las ideas: hay más de una forma de hacer negocios o de tener poder, y las posibilidades cambian de acuerdo a los modelos económicos y políticos. Los intereses posibles cambian junto con la sociedad. Y la realización de estos afecta a su vez a la sociedad.* O sea: hay intereses en las ideologías, y no sólo porque hay gente que desea cambiar a su mejor gusto la sociedad que lo rodea, también porque, si no se tiene un poder absoluto, las propias fuentes de ingreso o de influencia social dependen de la forma de esa sociedad y de la posición que se tiene en ella (dueño de tal empresa y no de otra, ocupante de tal puesto sindical o político y no de otro, etc.). Es por esto que en los proyectos ideológicos, en los llamados “proyectos de país”, se juega todo.

Cristina K dijo anteayer algo importante que nadie notó. Refiriéndose a los sectores empresariales del ámbito industrial o “productivo” subrayó que “es mentira” que todos “los que tienen poder económico” son los que “más tienen poder en la Argentina”, refiriéndose al mayor poder de los medios de comunicación. Mencionó cómo importantes empresarios verían mancillado su prestigio comercial por parte de operaciones de prensa realizadas en su contra, perdiendo el fruto de todo su esfuerzo. La significación de sus palabras es enorme, ya que implica una increíble contradicción interna con la política comunicacional de su gobierno, así como de la intelectualidad de la izquierda contemporánea en general con la cual sostiene una relación más que fecunda, de atacar empresas y empresarios en particular, dirigiéndose directamente, como un marketing al revés, contra sus marcas, o sea, contra sus identidades públicas. Pero esta contradicción no es lo más importante. Lo más importante es la contradicción interna que esto representa para el andamiaje ideológico de la doctrina que sostiene, inspira y da justificación a este gobierno, ya que ha colocado en el papel de potenciales víctimas a las sociedades anónimas, o sea, a esas células de “poder económico” que eran frecuente blanco de su ataque por el solo hecho de existir, que eran per se “los malos de la película”, y ha convertido en potenciales victimarios a sus enemigos por el solo uso de la palabra, los cuales, además, pueden así detentar un mayor “poder”, que se ha vuelto ahora casi per se la personificación del mal. Y esos enemigos de los capitalistas, esos medios de comunicación ¿acaso no pueden ser tanto privados como públicos? ¡Pueden ser sus propios medios! No sólo eso: ha puesto en primer lugar el buen nombre de una empresa capitalista en función de la libertad de empresa… por sobre la libertad de prensa. Esto no es necesariamente malo: no es ahora la cuestión a discutir (si la libertad de prensa puede ser bien entendida si se la considera como libertad de empresa a su vez, etc.). Tampoco la cuestión de la cautela al agredir a un capitalista: es bastante gracioso un discurso que argumenta que los intereses de una empresa privada tienen derecho a la defensa, viniendo de un gobierno que ha hecho suya una retórica populista de izquierda, lindante a la vez con la apologética capitalista y con el clasismo obrero (o sea, seamos honestos: una retórica fascista) por la cual el derecho del empresario al capital amasado con su propio esfuerzo vale poco menos que nada si se puede exprimir de él todo lo posible -sin destruirlo- en beneficio a corto plazo de los trabajadores, las “masas populares”. Cristina incluso criticó el manejo del Grupo Clarín sobre Papel Prensa (no el monopolio en sí mismo, sin embargo) en nombre de “defender la seguridad jurídica y las reglas del libre comercio y la libre competitividad en serio”, reglas para que puedan ser “gozadas por todos los empresarios editoriales y no editoriales de la República Argentina”, y todo esto al mismo tiempo que en flagrante contradicción criticó como “tic golpista” a quienes argumentaban (contra Graiver) que el monopolio de Papel Prensa había servido como censura política a ciertos medios. Por no hablar de que su retórica librecambista tiene poco en común con su pseudo-neokeynesianismo; reconoció además que grandes banqueros y empresarios fueron secuestrados y desaparecidos por un gobierno militar cuyo “modelo neoliberal” supuestamente estaba creado en función del sometimiento al poder económico; defendió el carácter “más nacional” -y parece por eso “más popular”- de la política económica del gobierno militar tradicionalista y católico (anti-liberal pero también anti-peronista) de Onganía y Lanusse, con lo cual reconoce como mejores para los intereses de Argentina las políticas de un gobierno militar que las del gobierno democrático derrocado por aquel: otra contradicción con la retórica demócrata-populista acerca de los intereses de las minorías en el poder como intrínsecamente contrarios a esos cuasi homogéneos intereses del resto de la población supuestamente bien expresados en las urnas.




Lo importante, insisto, no es esto, sino la contradicción en la estructura lógica interna de la doctrina que los Kirchner han tomado más o menos eclécticamente como bandera, y que significa un talón de Aquiles comunicacional muy importante para un gobierno que abandonó el pragmatismo en nombre de la legitimación ideológica. Un error, paradójicamente, cometido en nombre del pragmatismo; pero un error, en cualquier caso, necesario para poder justificar y legitimar su actual campaña por el control de Papel Prensa. No fue un error que pudieran haber evitado: es una retórica que deben utilizar para no asustar a la burguesía nacional protegida -o incluso generada- por la política neomercantilista ejecutada desde 2001, y cuya existencia competitiva en el mercado internacional depende cada día más del encarecimiento artificial de bienes importables y del abaratamiento de los bienes exportables, proceso sin futuro que no puede continuar con balanza comercial en equilibrio sin un encarecimiento progresivo de las divisas y de los costos de la reposición del capital. La idea misma de “capitalismo nacional” como forma de soberanía popular es una burla para los socialistas, y como forma de libre competencia es un oxímoron para los liberales.

Últimamente me he desinteresado no sólo de la política nacional de coyuntura, sino también de muchos aspectos de la política en general, nacional o internacional. Que ahora esté escribiendo este pequeño artículo no tiene otra motivación que hacer un humilde aporte a pensar la cuestión en forma general, a sacar una conclusión teórica de validez, que no sólo explique el poder social de la ideología que utiliza el grupo K (el populismo estatista), sino que explique ciertos pilares básicos que hacen a su funcionamiento interno, la coherencia estructural que la hace verdadera a los ojos de todo aquel que no vea la falacia lógica de la incorporación de ciertas premisas que en realidad sólo se derivarían de la conclusión.**

Muchos opositores, en particular liberales, explican la ideología de los K como una racionalización funcional a los intereses de los K. Creo que esto es un error que han copiado de los marxistas, y sigue siendo un error aunque este fuera el caso. Afirmar que los K inventan un argumento en el que no creen, para influenciar a un público a favor de su poder, es algo muy distinto, y no es el concepto que el marxismo tiene de ideología. Más allá de si utilizan la verdad y/o la mentira como medio para su poder, lo que debe importarnos es que su verdadera idea sobre lo que es verdadero determina sus actos y estos afectan la forma del poder y por tanto la forma en la que dependen del mismo (y en este sentido el pensamiento weberiano supera aquella interpretación funcionalista de la ideología, acercándola a la concepción clásica). En todo caso, sus creencias internas determinan sus elecciones dentro de los límites que la realidad -física y social- les ofrece: de elegir interesarse por un poder u otro, por abandonarlo, por un tipo de riqueza u otro, por la elección de ciertas fuentes de ingreso así como por el uso de esos ingresos, y por ende, por el intento de moldear el mundo que les rodea, en el que vivirán y en el que usarán esos ingresos materiales de acuerdo a sus propios fines personales y psicológicos, y más allá todavía, ya que así como el interés en el dinero implica un interés en cómo se va a usar, o sea, para conseguir qué bienes, que a su vez dependen de las condiciones económicas donde se utiliza y en el mundo en el que se quieren disfrutar, así también el interés en el poder implica un interés en cómo se va a usar, o sea, para conseguir el dominio de qué acontecimientos, que a su vez depende las condiciones políticas donde se impone. Las esferas económicas y políticas están delimitadas por la sociedad, y toda cosmovisión que aspire a lograr algo en dichas esferas requiere conocerla correctamente, tanto sea para adaptarse a ella o para cambiarla (cambio que será sólo dentro del marco de lo posible, o sea, de lo internamente sustentable). El caso es que no hay meros intereses vacíos detrás de las ideas públicas de los K (ni de nadie), ya que los K tienen, como cualquier otro grupo, una visión de la realidad “escondida” detrás de la visión que dicen tener de la realidad, y es de esta cosmovisión personal de la que dependen todos sus intereses, y más todavía, la realización de los mismos. Y para esto su cosmovisión debe ser todo lo verdadera que sea posible. A nadie le conviene autoengañarse (y esto es así, como bien dice Mises, muy a pesar de la crítica marxista a las supuestas “mentalidades de clase”: las clases, para Marx, se beneficiarían autoengañándose con la creencia -supuestamente falsa- de su carácter de universalidad, así como de la necesidad y posibilidad de su perpetuación histórica. Frente a esta explicación marxista del motivo por el cual la intelectualidad burguesa rechaza la inevitabilidad de un conflicto sin salida, Mises replica que, salvo por el estado de complacencia, tal inconsciencia de esa supuesta situación de conflicto -y de su progresivo agravamiento- no ofrece ningún beneficio, muy por el contrario).

Tendemos a pensar que los gobernantes no creen en lo que dicen por el solo hecho de que actúan para beneficiarse, pero nunca nos imaginamos que incluso de ser egoístas pueden creer que su beneficio es, si bien tal vez no justificable en su marco de creencias, al menos al mismo tiempo compatible con un beneficio externo justificable de la misma forma (beneficio externo que puede no ser necesariamente de personas o “de todos”, sino de un proyecto político, de un modelo de sociedad, de las ideas que se tengan de una religión, o de una cultura, etc., o sea, de cosas que implican y afectan a personas en una relación que no tiene que ser de perjuicio por subordinación directa a los gobernantes como individuos privados, pero que sin embargo pueden ser parte del mero placer personal de los gobernantes de ver el mundo como se desea que sea) ¿Son entonces los intereses K egoístas o altruistas? Como se ve, saber la cantidad de egoísmo y altruismo no es información suficiente para explicar la forma de actuar del poder, y a la vez su forma de actuar no explica cuan egoístas o altruistas son sus actos, ya que motivos altruistas pueden ser invasivos y perjudiciales para los medios y fines de otros, y motivos egoístas pueden ser limitados y hasta beneficiosos para los medios y fines de otros. Sé que esta larga digresión que ahora hago parece injustificada. No lo es. Y los Kirchner, que a pesar de haberse sumergido en la cuestión en forma errónea, maniquea y hasta hipócrita, han dado cuenta de la importancia de estas disquisiciones, y lo saben por haber conocido las implicancias de las ideas sobre todas las esferas de la vida, aunque sea tan solo como repercusión no deseada de haberse sumergido, casi durante todo el tiempo de su paso por este mundo, en el barro de la ideología que hizo posible su militancia política.
La conclusión a la que se puede llegar apelando a ese mundo de ideas y principios que ellos dicen defender es que: sus difundidas ideas y principios (si es que son tantos), que fallan en su concreción porque están teóricamente mal concebidos, pueden ser tal vez sus genuinas intenciones, pero en cualquier caso son compatibles con intereses egoístas a nivel personal. Incluso de probarse que han aumentado casi exponencialmente sus fortunas estando en el poder, esto no descartaría que realmente estén interesados en la concreción de su proyecto social y económico. Es casi imposible, salvo en países muy pobres, que se pueda disfrutar de tantos bienes de uso privado como para que un estadista, con sólo ese egoísmo limitado, necesite tantas expropiaciones como para afectar la economía de una nación. Un líder corrupto puede, por tanto, tener su propio sueño ideológico no meramente reducible a su deseo de poder. Sin embargo, este deseo altruista puede ser igualmente perjudicial para los demás. Porque no hay en este hecho relación directa con las motivaciones egoístas a nivel personal, es que terribles dictadores -y pésimos presidentes- muchas veces han sido austeros en su vida privada, y viceversa: ha habido buenos presidentes de democracias con elecciones libres -e incluso dictadores más o menos benévolos- que a pesar de ser beneficiosos para sus países han sido corruptos en función del interés privado de sus arcas personales.
Un proyecto político equivocado rara vez suele ser el resultado, en sus peores errores, del egoísmo o altruísmo respecto de la vida privada de los dirigentes, sino de la actitud de estos respecto al mundo del que son parte en su ámbito público. Un plan doctrinario, por el hecho de ser concebido con cierta dosis de odio por sectores sociales, puede convertirse fácilmente en una política de Estado diariamente destructiva basada institucionalmente en ese mismo odio, y puede dirigirse, más allá de su control, como agresión política a los participantes ciudadanos del proyecto por entero. No sólo eso. Así como podemos considerar la posibilidad de un altruismo perverso y deformado de los políticos a nivel público, tampoco debe ser descartado un egoísmo a nivel público: desear un modelo de sociedad a piacere puede ser también un motivo egoísta. De tinte nietzscheano pero egoísmo al fin. Y, sea como sea, es bastante difícil esperar algo bueno de un utopista caprichoso o sádico. Todos los megalómanos del mundo son la prueba.
No podemos, pues, dar cuenta de cuál será la verdadera forma de pensar de los K, ni cuánto de esta coincide con el discurso que hacen público. Lo cierto es que si un gobernante tiene una actitud ideológica de dos caras, aquella cara que es pública será la que articulará la organización política que lo sostiene -y esto es necesidad en una sociedad de masas-, y será esa ideología la que terminará poniendo los límites de lo posible en los proyectos políticos determinados por sus verdaderos intereses ideológicos. Y ya con eso tenemos más que razón suficiente para estudiar la ideología que esgrimen como propia, ya que será ésta y no otra la que definirá los límites a largo plazo de sus actos, tanto en la relación con los ideales políticos de sus militantes y sus votantes, como en la relación con el papel (sus medios de vida y sus puestos en la sociedad) que esperan tener dada la concreción de esos ideales, por no hablar del papel que tendrán los grupos e individuos que se verán afectados por la realización de su “modelo” ideológico, y que no comparten necesariamente un interés en éste como un todo.




Para empezar debemos entender cuál es la médula que justifica la existencia del “proyecto K”, y por tanto que justifica -y qué justifica- ese poder sostenido principalmente en el fin de su realización. O sea: cuál es la visión que enarbolan de la naturaleza del poder, y del rol de su propio poder. Como dije antes, es esta ideología la que determinará en gran medida tanto la búsqueda de poder y el tipo de poder buscado, como qué se hará con ese poder una vez obtenido. Para volver a nuestra situación de coyuntura: saber por qué dicen querer actuar sobre Papel Prensa y, de obtener el control que desean, cuál será el “por qué” que difundirán a través de este factor de poder comunicacional y que influirá a su vez culturalmente en la realización de la sociedad que desean (lo que no es lo mismo que decir que su realización llevará a los objetivos que dicen perseguir o realmente persiguen).
Vayamos entonces al caso concreto de la guerra por Papel Prensa, hagamos un breve repaso histórico, y después vayamos de lleno a la ideología kirchnerista que nos llevó hasta aquí en forma consecuente:
¿Tuvo Moreno cierta “razón” cuando dijo “Usted es un tarado. El dueño de esto es el Poder Ejecutivo”? Si bien el gobierno no tiene la mayoría accionaria ¿no fue el Estado el que otorgó hace mucho (a puertas cerradas) el resto del poder accionario a Clarín, a cambio de ofrecerle el monopolio de emisión a Papel Prensa? ¿No fue así desde hace mucho tiempo: desde antes del gobierno de facto del 76, un banquero de los montoneros y aun antes con una táctica que tuvo inicio con el gobierno de Perón?
¿Qué le pasó al diario liberal-conservador La Prensa por oponerse al monopolio comunicativo de Alfonsín? Y convengamos que fue el único verdadero opositor. Al final estalló la híper, el desastre de los servicios públicos y las estafas del gobierno radical, y aquello pasó a la historia porque sino el público habría dejado sencillamente de comprar diarios.
En la época menemista ¿no se privatizó con privilegios y, en el tema medios, con privilegios muy específicos a ciertos medios? No escuché ni a los Kirchner (los “peronistas disidentes” que sin embargo aplaudían a Menem) ni tampoco escuché al resto de los representantes de esa hegemonía cultural e ideológica de periodistas de centroizquierda quejarse sobre el Grupo Clarín y mucho menos sobre Papel Prensa (Página/12 nunca se quejó). ¿Habrá sido porque la privatización de medios quitó poder coactivo al establishment mediático de izquierda pero le aseguró que nadie los tocaría ya que tenían la garantía de los títulos de propiedad, cosa que en la ley de la selva del Estado sólo se mantienen con el favor del poder de turno? Esa hegemonía gramsciana se conservó durante las privatizaciones de canales de televisión, y con estas se legitimó. Tampoco se puede decir que Menem los habría censurado si hubieran seguido en el Estado, ya que Canal 7 gozó de una libertad de la que no gozó durante las administraciones de Duhalde y Kirchner, en las cuales se volvió un apéndice ideológico de las políticas neo-mercantilistas y del ideario populista de izquierda. Durante los años 90 la elite periodística de centroizquierda significó un baluarte a futuro para toda la clase política ya que implantó a fuego en el subconsciente colectivo esas ideas socializantes que hacen posible la instalación de burocracias de cualquier tipo en cualquier lugar. Si no fuera por esa propaganda durante los 90 los K habrían sido imposibles y la gente hubiera buscado la solución al pseudo-liberalismo de Cavallo, en la liberalización de López Murphy en vez de en la devaluación que luego encabezaría Duhalde, ni tampoco habría elegido a un ex colaborador montonero como Kirchner por oposición a Menem en una segunda vuelta (segunda vuelta que, cabe reconocer, habría sido distinta si Menem no hubiera ocupado el puesto principal de liberal que debió tener López Murphy). Durante los 90 Clarín fue, junto con La Nación y Página/12, furiosamente anti-menemista, como casi toda la televisión de la época (denuncias sistemáticas de corrupción, telenovelas incluidas con privatizadores malos y corruptos, noticieros con conductores que se entristecían cuando el resultado de las elecciones favorecía al PJ de Menem, y un largo etcétera). Pero desde Duhalde en adelante -y ni hablemos Kirchner- Papel Prensa volvió a ser utilizada contra la libertad de prensa. Y Clarín siguió siendo parte de esto. La primera víctima relevante fue Lanata. De aquí y allá nos enterábamos algo de lo que pasaba en el sur gracias a periódicos y canales chicos de otras provincias, que Lanata defendía como el último bastión de la libertad de prensa. ¿Alguno de los medios del Grupo Clarín hablaba en contra de los K? ¿Alguno de los K hablaba contra el Grupo Clarín? No. Cuando fue el divorcio entre Clarín y los K, ahí el interés mutuo también se quebró. Pero mientras duró, y aun ahora, la complicidad entre Clarín y los K no cesa. Lanata comenta frecuentemente cómo su diario tuvo que importar muy caro papel del exterior, porque Papel Prensa, supuestamente un simple negocio -que debería tener más intereses económicos que políticos-, no se los vendía.



En rigor, Clarín colocó a los Kirchner en el poder. O al menos ayudó muchísimo en ese proceso. Antes de preguntarnos por qué intereses están estos dos sectores ahora en conflicto, cabe preguntarse por qué intereses estuvieron tanto tiempo de acuerdo. Porque eso sucedió, y es increíble que puedan sugestionar a un país para intentar olvidarlo. O tal vez lo olvidó solo, en cuyo caso casi nadie parece siquiera intentar recordarlo. Conteste lo que se conteste de por qué se mantuvo esa alianza, la respuesta tiene implicancias negativas para el discurso de las dos partes en cuestiones relativas a los principios fundamentales que dicen defender.
Ahora los K entraron mediante Moreno a Papel Prensa, supongo mandando un mensaje a Magnetto y cia. (larga compañía) del tipo: “miren que en esta caemos juntos”. Inmediatamente aparecieron con esta operación de prensa K, con Cristina dando un discurso “revelador” mediante la cadena oficial.
Ya no quieren expropiar Papel Prensa para censurar a todos los medios porque no tiene caso al menos hasta no deshacerse del gigante de Clarín, al que por ahora quieren reemplazar con otro gigante de medios K que intentan construir con la “ley de medios”. Como ven que eso seguramente no va a tener éxito, quieren pegar bajo y sólo a Clarín.
Pero para mí, insisto, hay que ver la causa histórica de esto. ¿No fue gracias a Papel Prensa que el Grupo Clarín comenzó a tener poder político? Y no hablo de comprar un favor político para una protección mercantilista vulgar a base de subsidios, “protecciones”, derechos monopólicos, etc. que no habría cambiado su carácter de empresa capitalista. ¿No fue la tajada de poder político de Clarín para algo más que proteger su diario? ¿No se volvió parte en la decisión ideológica de las políticas nacionales; políticas que una vez cambiadas por ellos mismos afectan a la sociedad entera y cambian los intereses a corto plazo de Clarín? ¿No se convirtió Clarín en una suerte de partido político hegemónico escondido, cuyos dirigentes ya no dependían totalmente de sus fuentes de ingreso, y por tanto pudieron darse el lujo de tener intereses directos en la realización a gusto de un proyecto político? Ya no hay que ser un burgués gobernado por el mercado que “compite para vender la soga con la que lo pueden ahorcar”: un burócrata decide si “se puede hacer soga” y hasta “para qué se usa”. Para los socios más altos esto significó movimiento y cambio de sus intereses a corto plazo: pueden tener poder y crear negocios donde no es negocio, robar si es necesario, adoptar cargos creados por ellos mismos… todo cambiando la sociedad con la fuerza del Estado. Cabe aclarar que este lujo socialista se paga caro porque también convierte al interesado en político, a los derechos de propiedad en pujas de fuerza, y se termina poniendo recursos en intereses colectivos donde mañana ninguna ley asegura la sobrevivencia, como ahora le está pasando a Clarín con los K. Un ejemplo extremo de este problema se puede tomar del colectivismo: si mañana en Cuba una facción del PC derroca a Raúl Castro, éste se queda en la calle a menos que tenga algo a su nombre en un banco suizo.
En resumen, haciendo un ejercicio exagerado de imaginación, si el Grupo Clarín tuviera el poder total ya no dependería más de ingresos que hoy no controla, o sea: no necesitaría ser una empresa privada y sus miembros probablemente podrían ser parte en la construcción de un futuro Partido Único de una República Nacional Popular Socialista Sanmartiniana de Argentina (e imagino que, a pesar de su espíritu socialdemócrata, ganas nunca les faltaron). En gran medida debido a que siempre la línea editorial del Grupo Clarín jugó entre el estatismo moderado y un desarrollismo de izquierda, es que sus periodistas aun ahora comparten los mismos prejuicios ideológicos que el gobierno al cual se oponen. Tanto es así que Felipe Pigna, el historiador de secundaria que reescribe la historia para los K en versión peronista de izquierda, escribe sus artículos en la Revista Viva de cada domingo del Grupo Clarín, por no hablar del resto de los actuales u otrora medios del Grupo, y de uno en particular que comparte a más de la mitad de sus periodistas: Página/12… el diario oficial de este gobierno.
¿No es cierto que a cambio de esta histórica participación en el poder político, el Grupo Clarín ofrece (o mejor dicho ofrecía) el apoyo cultural a los programas de la clase política de turno: militares, radicales, peronistas? ¿Y no es cierto que puede (¿podía?) proveer fácilmente esa ingeniería cultural porque le dieron el monopolio comunicacional que en una sociedad moderna de masas con “mentes de goma” hace posible el control ideológico de todo un país? No será tan extremo como el de la Rusia de Stalin, la Alemania de Hitler o la Argentina de Perón, pero es igual un método bastante efectivo: Clarín se adapta (adaptaba) patrocinando los programas de cada gobierno, a cambio de que el gobierno se adapte (adaptara) un poco a las políticas que sean (fueran) de gusto de los dueños del Grupo.


Ahora el monstruo está partido en dos, y el alimento se lo disputan las dos partes: Clarín (que se puede llamar popular porque lo es: su público es mayoría y lo elige cada día) y el gobierno de turno (que se puede llamar popular porque lo es: el público lo votó para gobernarnos durante otro período de cuatro años). Ninguno de los dos es del pueblo, y nada cambiaría si pudiera serlo. Gracias a la teoría de la legitimidad del pueblo como un entero que sólo puede expresarse como masa o con un Estado, sucede lo siguiente. El Grupo Clarín legitima que sus medios sean suyos en un enorme monopolio artificial porque lo elige la opinión pública que él mismo creó, o sea, en nombre del pueblo que de hecho lo lee y aprueba; mientras tanto los K gracias a la legitimidad que le dio el pueblo al Estado gracias a la democracia política pueden, mientras vivan estatizando, decir que ellos son la encarnación de los intereses e incluso de la voluntad de ciertas clases consideradas como populares, aunque ya no le crean ni los que lo votaron; y perseguir a los que se oponen como enemigos del pueblo. Paradójicamente los K dicen representar la opinión pública que ellos mismos acusan de estar controlada por el Grupo Clarín. Que tamaña contradicción sea pasada por alto habla mal de la lucidez de todo un país.

Clarín dice: “somos democráticos porque nos pueden elegir todos los días y cualquiera puede disentir”, lo que es cierto pero no les da la razón; y los K dicen: “somos democráticos porque podemos ejercer el poder del pueblo contra los poderes de otros grupos”, lo que es cierto pero eso no hace que su poder tenga popularidad.
Unos pueden decir “somos privados pero buenos porque somos los únicos que podemos confirmar ser populares” y los otros pueden decir “somos populares y buenos porque somos los únicos que podemos ser públicos”.
A ambos lo sostiene una mitad de la ideología democrática.
La mitad que usa Clarín es la premisa populista de que “lo popular es lo que da la razón a los particulares” …o sea: es cierto que sólo puede ser elegido diariamente un periódico y eso es lo más democrático, pero no es cierto que alguien deja de tener razón cuando pierde público, ni que sus intereses sean compatibles con los del resto de las personas que integran el pueblo, ni siquiera compatible con el interés de la organización social en el que éste se encuentra inserto.
La mitad que usan los K es la premisa estatista de que “el poder público es el popular contra todos los otros poderes privados” …o sea: es cierto que sólo un gobierno puede ejercer democráticamente el poder, pero eso no significa que un gobierno deja de ser democrático “en favor de los poderes privados” si disminuye su poder sobre los ciudadanos, como si porque por el solo hecho de que un individuo se encuentre “menos” gobernado por el gobierno surja como contracara que éste sea “más” gobernado por “los privados”.
Los K dicen: “nosotros” somos los únicos que pueden ser democráticos, porque si le damos más poder al gobierno (que es del pueblo como un todo, o que al menos puede ser del pueblo como un todo) se lo quitamos a los que tienen un poder privado (que seguro no es del pueblo aunque sea por la sola razón, dicen, de ser desigual, pero que, curiosamente, de existir, sería la única forma real de poder para un pueblo formado por propietarios privados sin espacio público común -salvo el Estado que les es ajeno-).
La refutación a esta doctrina no es otra que la que puede esbozarse leyendo mis ensayos sobre el tópico, y para este caso podría dividirse en tres partes más o menos esenciales:

  1. Aun cuando fuera antidemocrática la disminución del poder del gobierno (por el supuesto aumento del “poder de los privados”) eso no asegura que el aumento del poder del gobierno sea per se democrático, ya que no es su elección sino sólo su ejercicio lo que lo hace democrático y sólo en lo que atañe al programa por el que fue elegido: elegir a un gobernante para un proyecto político elegido no lo convierte en encarnación del espíritu del pueblo: lo único popular puede ser la elección de un partido político, no el partido político en sí mismo; incluso si hubiera sido elegido para ejercer una dictadura de partido único, sólo sería voluntad del pueblo ser gobernado por la dictadura de ese partido y no el partido en sí: su clase dirigente no se habrá vuelto por eso ni la vanguardia de la conciencia de clase, ni la cabeza de una democracia orgánica, ni ningún otro invento leninista o hitleriano… con lo cual, además, de democracia no podrá quedar mucho a nivel electivo. La única promesa de democracia a dicho nivel es la participación en elecciones internas en asambleas del partido, elecciones cuya libre deliberación estaría sesgada por la represión política interna para la conservación de la doctrina. Una participación soviética en las decisiones como constante y total genuina democracia directa exige, paradójicamente, un total pluralismo multipartidario o la ausencia total de partidos ideológicos en la elección directa de todas las decisiones.
  2. Incluso si todo gobierno fuera per se democrático, la reducción del poder del gobierno no reduce, en cualquier caso, la esfera de poder para tomar decisiones democráticas sobre cuál será su alcance, sólo reduce ese mismo alcance: el dominio que el poder democrático ejerce sobre los ciudadanos en tanto habitantes. Pero es importante entender que incluso una reducción del poder democrático no implica un mayor poder (¿en qué consistiría?) otorgado a particulares sobre todos los particulares, ya que para estos “poderosos” pudieran reemplazarlo en su rol requerirán un uso de la fuerza que sólo el Estado posee, y que en cualquier caso y de existir dará a quienes estén sujetos a él mayores facilidades para resistirlo que frente al Estado. Cuanto mayor sea el poder democrático intentado, mayor será la participación ciudadana en las decisiones que requiera, y su despolitización deberá ser mayor para evitar la discriminación en la formación de las elecciones. Pero un mayor poder democrático a través del gobierno puede ser algo no deseado democráticamente. Puede elegir una política que se limite a ciertas leyes que no exigen un aumento de la esfera de acción del poder legislativo, en vez de medidas que requieran una discrecionalidad constante que sí exige un aumento del poder ejecutivo. El pueblo puede, además y como se plantea en este punto, elegir gobernarse menos a sí mismo sin por eso aceptar ser más gobernado por otros.
  3. Incluso aceptando que el poder fuera no una cantidad variable sino una cantidad estática como conjunto constante a distribuir en situación de suma cero para ser aplicado por igual a todos, o sea: una porción que se distribuye el pueblo por un lado (pueblo entendido como un todo público y no una suma igualitaria de privados con igual cantidad de acciones en el gobierno) y unos pocos grupos o individuos privados por el otro (con un poder público paraestatal, o sea no democratizable), la conclusión de la preferencia del individuo por el poder popular no se deriva de las premisas ya que la libertad no se recupera a través del pueblo: la libertad que yo pierdo como individuo no la recupero por ser regulado por un poder público “popular” en lugar de un poder privado “oligárquico”. Y no tengo más o menos intereses en común con el supuesto control de parte de un sector social que con el control institucionalizado de amplios sectores sociales, ni tiene que ser mejor para mí individualmente uno que otro (salvo, claro está, por la historia en versión de lucha de clases que nos vende Pigna).

El objetivo de controlar Papel Prensa, para los K, es el de difundir esta ideología. Y esta doctrina, ideológicamente hablando, es el discurso de una clase política expansiva. Todo el discurso sobre “los poderes concentrados de la economía”, toda la retórica K sobre equilibrarlo con un poder logrado a base de empresas nacionalizadas, va dirigida a esta premisa estatista muy vieja que se reduce a negar que, salvo las patotas, las mafias y las guerrillas, el único poder concentrado y concentrable es el de la burocracia estatal, a donde todos las demás fuerzas sociales (“poderes”) recién van para tener poder; y cuando no lo hacen, es por la simple razón de que pueden por sí mismos crear una nueva burocracia que organice en la extensión de un territorio una nueva sociedad “nacional” encerrada dentro del perímetro que posibilita su poder administrativo; en pocas palabras: que pueden crear un nuevo Estado.

Haciendo suyas las lecciones de sociología política de Montesquieu y Tocqueville, un olvidado Marx recordaría en El 18 Brumario de Luis Bonaparte que cada revolución no hizo nunca otra cosa que volver más fuerte al aparato del Estado frente a la moderna sociedad civil que lo requiere. Paradójicamente la influencia de este filósofo en los prejuicios de los gobernantes hace cada día más vigentes sus palabras:
Este poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática militar, con su compleja y artificiosa maquinaria de Estado, un ejército de funcionarios que suma medio millón de hombres, junto a un ejército de otro medio millón de hombres, este espantoso organismo parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la sociedad francesa y le tapona todos los poros, surgió en la época de la monarquía absoluta, de la decadencia del régimen feudal, que dicho organismo contribuyó a acelerar. Los privilegios señoriales de los terratenientes y de las ciudades se convirtieron en otros tantos atributos del poder del Estado, los dignatarios feudales en funcionarios retribuidos y el abigarrado mapa muestrario de las soberanías medievales en pugna en el plan reglamentado de un poder estatal cuya labor está dividida y centralizada como en una fábrica. La primera revolución francesa, con su misión de romper todos los poderes particulares locales, territoriales, municipales y provinciales, para crear la unidad civil de la nación, tenía necesariamente que desarrollar lo que la monarquía absoluta había iniciado: la centralización; pero al mismo tiempo amplió el volumen, las atribuciones y el número de servidores del poder del Gobierno. Napoleón perfeccionó esta máquina del Estado. La monarquía legítima y la monarquía de Julio no añadieron nada más que una mayor división del trabajo, que crecía a medida que la división del trabajo dentro de la sociedad burguesa creaba nuevos grupos de intereses, y por tanto nuevo material para la administración del Estado. Cada interés se desglosaba inmediatamente de la sociedad, se contraponía a ésta como interés superior, general (allgemeines), se sustraía a la propia iniciativa de los individuos de la sociedad y se convertía en objeto de la actividad del Gobierno, desde el puente, la escuela y los bienes comunales de un municipio rural cualquiera, hasta los ferrocarriles, la riqueza nacional y las universidades de Francia. Finalmente, la república parlamentaria, en su lucha contra la revolución, viose obligada a fortalecer, junto con las medidas represivas, los medios y la centralización del poder del Gobierno. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla. Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación, consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del Estado como el botín principal del vencedor.

Decirle a una población que se hace su voluntad al combatir a ciertos medios de comunicación, y al mismo tiempo decirle que se los combate para que su voluntad ya no sea creada por éstos, no es más que la última forma de degeneración ideológica del bonapartismo. Para simplificarlo: si los K intentan combatir un poder por su carácter ideológico no pueden simultáneamente afirmar representar la voluntad de la gente al hacerlo. La gente que apoya a los K y no cree -ahora- en Clarín, no necesita que el gobierno los libere de la obligación de ver TN o Canal 13. Si fuera mayoría, el problema para los K ya estaría solucionado. Pero si es minoría, numerosa o no, miente a los demás junto con el gobierno que les miente. Que una guerra comunicacional se sostenga no sólo a pesar sino gracias a estas argumentaciones paradojales, y que, desde el momento en que la guerra se vuelve política, estas argumentaciones paradojales se conviertan en situaciones paradojales, demuestra que la idiotez masiva tal vez sea condición necesaria pero no suficiente para la situación política argentina: se requieren otras dos cosas. Una y primera, la separación ya inevitable desde el fin de la Edad Media entre lo particular y lo universal, entre lo privado y lo público; y otra, la eventualidad de que el Estado se vuelva contra la sociedad civil sobre la que está edificado, en función de intentar representarla como un todo. O mejor dicho, de suplantarla.



El ideal populista respecto de la libertad de prensa sufre de la misma enfermedad que su ideario económico: sólo puede realizarse bajo una democratizada centralización socialista, véase, los medios de comunicación en manos del pueblo como un entero, necesariamente planificado por sus líderes. Esta idea de un “poder popular” central controlando la prensa no sólo es contradictoria -además de cómica- apenas se intenta imaginar a un pueblo leyendo sus propias palabras***; también lo es porque la libertad de prensa tiene sentido si -y sólo si- es ejercida por emisores individuales, con opiniones privadas, que puedan representar, libremente asociadas con la de sus periodistas o no, la voz de sus propietarios (sin duda será mejor cuantos más sean, pero lo importante es que haya libre entrada a ese mercado, entendiendo por esto que, gracias al éxito que provea el apoyo del público, estén al alcance de todos, y si pueden estar al alcance de todos simultáneamente, como los blogs, todavía mejor). Pero esa libertad de prensa sólo dará frutos si está dirigida a un público receptor con libertad de elección (libre de elegir leer algo o no leerlo, por un lado, y libre de pagar por él o no, por el otro -esto último se incumple con el subsidio estatal que es parte de la nueva ley de medios K-), pero además constituido por individuos capaces de recibir las nuevas ideas y ponerlas a prueba dentro de la propiedad privada de sus propios cerebros, el único lugar -al menos hasta ahora- para la generación de ideas independientes. Sólo en este sentido se puede decir que es bueno que un pueblo se escuche a sí mismo, ya que así lo que queremos significar es, simplemente, que las personas se escuchen entre sí.
La emancipación en sentido populista, en vez de intentar aumentar en cada individuo del público ese refugio privado de reflexión individual que es la cuna de todo pensamiento independiente, o sea, en vez de desmasificar a la gente, pretende reemplazar la opinión pública supuestamente influida por “privados” adversos, por una influida por el Estado -o por “privados” aliados-. Y todo esto jamás en nombre de un juicio superior al del pueblo -lo cual sería admitir el propio elitismo y al hacerlo contradecir doctrinalmente las premisas populistas-, sino en nombre del juicio y la voluntad de ese mismo pueblo que se supone manipulado -contradicción sin salida que implica construir fácticamente un elitismo permanente-****

Los “poderosos” a los cuales este gobierno dice molestar no existen o no son tan poderosos. Si acaso estos tienen un mayor poder que el del gobierno, de lo que en realidad se habla es de una libertad específica: un “poder” sobre un área acotada por otro poder mayor que es el Estado de Derecho, y un pseudo-poder privado (limitado al dominio de sí mismo) no es, a diferencia del poder del gobierno, un poder ni coercitivo ni coactivo para nadie.
Si ese “poder” privado paralelo (de empresa o ahora de medios) fuera mayor que el del gobierno, le quitaría el monopolio de la violencia al Estado, y entonces el gobierno desaparecería y sería reemplazado. Si estos agentes económicos considerados como “poderes” persisten, no es porque tengan más o menos poder que el Estado. Insisto, si tuvieran más derribarían al gobierno y si tuvieran menos serían derribados por éste. Si permanecen en su lugar es porque el gobierno, a pesar de su monopolio del poder, no tiene tantas posibilidades de usar dicho poder. Y esto no porque alguien mayor le imponga un obstáculo, sino porque la realidad misma le impone un obstáculo mayor, sea por sus características intrínsecas (no tiene la capacidad estructural de erigir un régimen totalitario) o extrínsecas (la costosa resistencia de las fuerzas sociales de las que depende y a las cuales hasta tal vez necesita). Estos determinantes sociales son limitantes del poder, pero no por eso poder en sí mismo. Si no tengo el poder de matar a mi vecino no significa necesariamente que la razón resida en que éste deba tener un mayor poder de matarme a mí. El mal uso retórico del término “poder” ha invadido, con las imágenes que trae a la mente, el significado que se supone entendido en el diálogo político, y lo ha reemplazado por una guerra total entre desiguales fuerzas sin límites que deben imaginarse contradictoriamente ocultas. Mientras tanto el verdadero poder se hace más fuerte, superando sus autolimitaciones naturales.



Mi hipótesis es que un Estado puede variar sus políticas y sus políticos, pero para eso requiere de cierta homogeneidad institucional a lo largo de su historia. Si no la posee, una fuerte unidad ideológica debe hacer de contrapeso, y estar ligada al Estado en todo momento sin fijarse perpetuamente en ningún sector de la clase política. Lograr esa unidad implica un sector protegido fuera de la política eventual, pero una vez lograda la unidad este sector tenderá a acercarse al Estado al que apuntaló, mientras que la eventual dirigencia gubernamental lo rechazará ya que tendrá una fuerza nueva que la conformidad unívoca para con el Estado le brinda.
En cuanto una facción política conquista el Estado, en cuanto este se vuelve, no importa en qué medida, algo similar a un Partido-Estado (y en cuanto esta facción desea hacer de su influencia sobre la burocracia algo permanente), la homogeneidad ideológica sólo les asegura su usurpación a fuerza de que dicha hegemonía pierda su carácter de neutralidad. El Estado y la cultura política deberán estar teñidas por el Partido, por el movimiento de políticos en el poder, si es que no quieren correr el riesgo de perderlo. Al ligar al Estado con una política de Estado, el movimiento político logra que él mismo quede también ligado al Estado. Qué es un medio y qué un fin, tiene poca importancia: la retroalimentación hace que ambos elementos, movimiento y programa, deban adaptarse mutuamente en función de sus necesidades.
Una hegemonía politizada, por tanto, requiere que aquel elemento de unidad ideológica que se encontraba ligado al Estado -pero todavía fuera de él- y que poseía eventuales intereses neutrales -frente al caso de fracaso político-, sea absorbido o eliminado en tanto tal, ya que no puede esperar de éste una lealtad a ciegas con independencia de su éxito en el dominio del Estado, y de darse el éxito para sostenerse en la cumbre del poder, su lealtad se torna, además de innecesaria, altamente exigente. La politización de la sociedad, que es corolario de un proyecto populista, implica una gran inestabilidad institucional: el Estado se debilita en su autonomía política, pero a la vez se fortalece en tanto ligado al grupo político en el poder, con lo cual sus miembros individuales se ven cada vez más obligados a apostar a favor del partido dominante o en contra de él. Los burócratas tienden a agregarse una segunda actividad, sea como militantes o como desertores. Esta polarización deposita toda la capacidad de adaptación en la elite política, la cual está cercada todavía por esas limitaciones sociales que sólo un totalitarismo puede superar (no tener centros de reeducación, ni campos de trabajo, no poder planificar la distribución social de la población, etc.), y cuya adaptabilidad, en cualquier caso, siempre se encuentra limitada por el mantenimiento de un proyecto ideológico en el poder. Esta rigidez ideológica implica que el Estado no pueda adaptarse a los cambios sociales, pero a la vez implica que el Estado puede imponerse a esos cambios, generándolos. En rigor, sólo controlándolos el Estado se vuelve eficaz, adaptándolos, subordinándolos. Pero esa eficacia se logra al precio de una ineficacia neta, tanto frente a otros estados como frente a su sociedad civil (y respecto a sí mismo en términos de modernización social y económica).
El fracaso de un proyecto populista arrastra en gran medida al Estado, y ante este riesgo fuerza a todo unificador ideológico, que pueda estar ajeno a los proyectos que genera (como Clarín, que debe permanecer a través de una sociedad con muchas crisis políticas), a elegir favorecer a otra clase política. Si bien no oponerse implicaría apostar a un dominio mayor, tanto político como ideológico, dicho dominio sería, por un lado, un proyecto incierto, y por el otro y como si fuera poco, un dominio frente al cual sólo serían un apéndice (y un apéndice prescindible), jamás su centro, ya que la facción política en el poder no fue preparada y creada por éste como proyecto hegemónico para traspasar luego a sus miembros.
Todo esto refuerza a los populistas que apuestan a la permanencia (como los K), en su necesidad de destruir a cualquier elemento con este tipo necesariamente exógeno de influencia cultural (como el Grupo Clarín), esto es, que sea a la vez capaz de homogeneizar ideológicamente a la sociedad en relación con el Estado sin necesidad de estar ligado a un Partido o movimiento político. Esta necesidad no variaría demasiado para los K si acaso dicha permanencia se encuentra planeada por un período de tiempo limitado antes de un abandono sorpresa del Estado, ya que precisamente ese margen no estaría establecido en función del Estado sino en función del grupo político en el poder, y ese es un tiempo que los demás no están dispuestos a esperar.
Este sería un esbozo de explicación sociológica y causal de un fenómeno que casi pareciera accidental para muchos. Incluso sería accidental desde cierto discurso populista de izquierda, aparentemente teórico, que ante la contradicción de explicar una conspiración ideológica en función de un interés económico, se resuelven por apelar a la conspiración a secas (Clarín habría sido siempre neoliberal, porque sí) para explicar el caso Papel Prensa, cuyo único interés común con su proyecto ideológico debería ser pues el carácter capitalista de la propiedad de los accionistas. Esto a pesar de que jamás ejercer un tipo de propiedad podría transformar a un programa ideológico -con todos sus costos- en un plausible interés mediato para un segmento muy reducido de empresas respecto del total (idea que además entraría en contradicción directa con la defensa que el propio gobierno hace de todas los propietarios anteriores a 1976, en particular Graiver el banquero de la guerrilla terrorista Montoneros). Otros, con apenas un poco más de coherencia, lo explican como una creación de los intereses del gobierno de facto. Sin embargo incluso esto sería incongruente, no sólo empíricamente por la ideología que promovió realmente el Grupo Clarín, sino por el simple hecho de que Clarín es muy anterior al gobierno de facto, así como la metodología de Papel Prensa se remonta a su propia creación, alabada paradójicamente por los propios Kirchner.


Si no se alteran hechos que valen como premisas de una explicación, la constatación del fenómeno exige explicar las causas, dadas ciertas posibles condiciones de existencia, contra las hipótesis conspirativas puras de izquierda y derecha que explican sus origenes ex nihilo, de la mera voluntad accidental pero perfectamente coordinada de ciertos individuos casi elegidos al azar por la historia.
Sin un “pueblo” que más que pueblo es “masa”; sin esa muchedumbre solitaria, atomizada, impersonal y colectivizable que caracteriza a la sociedad moderna (y la de Argentina no es, al menos en este sentido, excepción), y sin esas ciertas condiciones sociales y culturales de fracaso individual que hacen posible el populismo, un truco artero como el de controlar Papel Prensa no daría ninguna ventaja. Organizaciones como ésta ayudan a sostener e incluso recrear el populismo, mientras que el populismo hace necesaria una mayor unidad y politización de la hegemonía ideológica. Pero es muchas veces esta unidad la que genera el conflicto: su permanencia sólo puede ser sustentable y bien recibida fuera del ámbito político, pero sus mayores beneficios sólo pueden tomar carne en las acciones del Estado.
Kirchner y Clarín desearon algo que sólo podían dominar por separado. El deseo se les hizo realidad pero ahora no pueden correr el riesgo de compartirlo.




* Este círculo vicioso puede romperse si en forma centralizada se logra la cohesión necesaria -sindicalmente o vía la imposición de un mandato- entre los diferentes sectores sociales. Si las partes de una sociedad no planificada desean lograr un orden planificado, los primero que deben lograr es pasar por encima de sus propios intereses particulares, ya que para los fines de una cartelización se encuentran contrapuestos al interés común del plan revolucionario (el interés común del orden de mercado sólo les ofrece ventajas como intereses separados, en forma privada: no universal; con todos sus beneficios estas ventajas implican el sometimiento a un orden de mercado frente al cual son anónimos y reemplazables en función de la eficiencia económica de la sociedad capitalista como un todo, y no de los capitalistas existentes). Para lograr superar este obstáculo deben conseguir imponerse en forma sincrónica al contexto social, evitando las inevitables reacciones mutuas adversas (objeto de estudio de la teoría de juegos) que generaría intentarlo por mera iniciativa individual. Si los agentes económicos llegaran a lograr una conspiración política de este tipo, los posibles negocios de cada parte ya no estarán predeterminados por el contexto económico, por el contrario será el proyecto político global el que cambie ese contexto, no importa cuánto de la esfera económica será sometida a la nueva planificación.



** Excurso: debo reconocer que de un tiempo a esta parte me he vuelto bastante crítico de muchas apreciaciones positivas que el pensamiento liberal tiene sobre la historia del desarrollo tecnológico, la sociedad moderna, el intercambio de mercado como única posible relación económica, la formación por generalización de un predecible "homo oeconomicus" que se ha vuelto objeto de estudio de la "teoría de la elección racional" la cual puede explicar ciertas reacciones humanas frente a las circunstancias (cuando se busca el interés monetario o bienes materiales como fines) pero no las causas ni el contenido de las circunstancias (hoy cada día, por la cultura economicista, cada vez más homogéneas), la sociedad de mercado como mundo cuyo eje separa la economía de la cultura subordinando la última, la disolución secular de las comunidades y cuerpos sociales intermedios (los societarios, pero en particular los comunitarios) entre el individuo particular y las entidades impersonales del mercado y el Estado, la tendencia de la propiedad privada individual libre o burguesa sobre industrias tendientes -por la relación negativa entre costos de gestión y costos de transacción- al anonimato burocrático, etc., o sea, todos elementos que no desaparecerían con la sustitución total del Estado por los privados si no se modifica la naturaleza de la moderna propiedad privada individualizada (que es una entre tantas formas privadas de apropiación, por lo cual sigo considerándome un privatista a pesar de ser a la vez comunitarista). El error de muchos liberales en este aspecto se debe, principalmente, al individualismo metodológico de análisis sin considerar el contexto de las estructuras sociales irreductibles que deberían afectarlo, o sea, el atomismo ontológico: error que cabe reconocer no cometieron ni Max Weber ni -o sólo parcialmente- Friedrich Hayek, entre otros.
En sociología, economía, historia y cultura, mi conclusión tiene puntos en común -aunque muchos en contra- con pensadores más o menos relacionados con ciertas "escuelas históricas", y en general debo reconocer una gran deuda para con nombres de dispares orientaciones y corrientes del pensamiento como Tönnies, Nisbet, Weaver, Kojève, Kołakowski, De Jouvenel, Finkielkraut, Lipset,
Weber, Sombart, Polanyi, Houellebecq, Comte, Durkheim, Smith, Marx, Kelsen, Horowitz, Genovese, Schumpeter, Pirenne, Braudel, Bloch, Le Goff, Foucault, Aron, Giddens, Dahl, Simmel, Freund y otros que parecen no relacionados como Kuhn, Pascal, Prigogine, Koestler, Lem, Gödel, Cantor, Von Neumann, Lachmann, Mandelbrot, Searle, Bergson, Heisenberg, Dumont, Planck, Husserl... por no hablar de Platón, Aristóteles y sus herederos. Pero, al mismo tiempo, comparto todas las críticas liberales (y no liberales) que siempre dirigí contra la otra posibilidad de administración para una economía compleja: la planificación económica total, el colectivismo social o socialismo.
Por todo esto es que me sirvió de disparador escuchar, sobre una cuestión que me resulta tan oscura y molesta como el tipo de monopolio cultural que representó el Grupo Clarín e hizo posible Papel Prensa, las hipocresías de este gobierno que sabe combinar algunos de los peores efectos del capitalismo y del socialismo, esto es: combinar aquellos aspectos negativos de la libre propiedad privada (burguesa) de cada individuo para crear, disponer, comprar y vender el capital industrial, la tierra y el trabajo (del cual el capital suele ser el más rentable), con aquellos aspectos negativos de la planificada propiedad pública (burocrática) del Estado sobre el capital industrial existente (o sea, propio o ajeno, por generación o expropiación), la tierra y el trabajo (necesariamente ajeno).


*** Es cierto que la opinión pública, como el sentido común, puede tender a presentar cierta uniformidad por el carácter constante y único de ciertos aspectos inmediatos de la realidad frente a la cual los individuos se encuentran y reaccionan en forma racional. Y si bien -y en esto concuerdo con Burke- este sentido común sólo puede ser transmitido y pulido por los hábitos de una cultura y es necesario para que esta se refleje y autorreproduzca (incluso si se trata de la cultura de un grupo social o étnico), también puede ir en contra de las bases lógicas y racionales (bases que no implican que una sociedad pueda ser una construcción racional consciente) que son el contexto de esa misma cultura. Por esto es que, como decía Unamuno, a veces tenemos demasiado sentido común y poco sentido propio. Gracias a la moderna sociedad industrial, la formación de las muchedumbres solitarias y su corolario, los medios de comunicación masivos, esta aseveración se vuelve políticamente relevante ya que el sentido común desaparece parcialmente para ser reemplazado por la opinión pública.
En curioso contraste con las pocas palabras que escribió Marx en defensa de la libertad burguesa de prensa, el populismo pretende negar el hecho de que si, frente a un medio de comunicación, la mayoría carece de criterio autónomo, no lo recuperará si se destruye ese medio, sea partiéndolo en muchos pequeños medios privados o pasándolo a otras manos, sean las de un Graiver o las del Estado. Mucho menos lo recuperaría si ridículamente se intentara lo que el populista dice pretender: que todo el público de un país, considerado sin mentes independientes, controlara los medios de comunicación, sea a través del Estado, de cooperativas de prensa o de infinitos blogs privados para cada individuo: que la masa sólo se escuchara a sí misma sería el peor de todos los casos, cosa que de cualquier manera no tendría sentido.

**** Un despotismo ilustrado sería más sincero, aunque en el caso colectivista no dure mucho: tomo por ejemplo al leninismo, las vanguardias del partido y sus intelectuales orgánicos. El marxismo y el fascismo han influido en todos los proyectos elitistas de desarrollo democrático, convirtiéndolos regularmente en colectivismos que luego deben ser justificados en forma populista: la intención democrática sólo puede volverse totalitariamente democrática. La emancipación en sentido populista iguala para abajo: en vez de desmasificar al público intenta masificar a los medios. Y lo hace en nombre de representar la contradicción rousseauniana de una “genuina” opinión pública oculta bajo una “falsa” opinión pública, y probablemente atacando, también a la manera de Rousseau, el único lugar donde la opinión pública independiente podría formarse libremente: la opinión privada de cada ciudadano. Sin decirlo tan abiertamente, el populismo moderno desprecia de una u otra forma como egoísta u oportunista la opinión de la ciudadanía tomada individualmente, y la caricaturiza como un aristocrático obstáculo para la emergencia natural de la opinión colectiva de esa voluntad general, que sería altruista y por solo esto inmune a la subordinación a otra cosa que no sea ella misma, esto es las voluntades privadas. El populismo, a diferencia del marxismo, escinde el interés de un individuo con el interés de su clase. Puede muchas veces culpar de traición y corrupción para con el enemigo exterior, a cada individuo disidente con el llamado “pensamiento popular” -como el marxismo-leninismo hace con los disidentes con el “pensamiento de clase”- pero lo cierto es que el populista puede darse un lujo que el marxismo no puede, o no debería darse si es coherente: acusar al individuo por su interés individual.